Travesuras de la niña mala

Travesuras de la niña mala
Travesuras de la niña mala

Mario Vargas Llosa

Me acabo de terminar “Travesuras de la niña mala” de Mario Vargas Llosa, precisamente recomendado por dos personas que habían leído “Tú eres azul cobalto”: «léetela ―me dijo un compañero de trabajo―, seguramente verás algunas cosas en común con tu novela, pero claro, ten en cuenta ―me continuó diciendo―, que V-Llosa escribe mucho mejor que tú» (menuda comparación… ).

Es la tercera novela que leo de V-Ll. Hace algunos años leí “Pantaleón y las visitadoras”, que me pareció una historia entretenida y divertida. Y el pasado verano “La ciudad y los perros”, una de las mejores novelas que he leído, una de esas novelas que te minimiza: chaval, hace cuarenta años ya se escribía así. Además también tengo referencias de V-Ll por el taller, nuestro profesor, Jorge Eduardo Benavides, también peruano, es uno más de sus admiradores, y muchas veces trabajamos textos de “Conversaciones en la catedral”, una de tantas novelas que están en la lista de las miles de novelas que me quedan por leer.

“Travesuras de la niña mala” (“travesuras” se queda corto), se presenta como una sucesión casi de relatos sobre distintas etapas en la vida de los protagonistas, Ricardo Somocurcio y la niña mala,  lo que justifica su separación en capítulos titulados. Siempre me he fijado en porqué a veces se titulan los capítulos y a veces no (esto último abunda más), en esta novela la justificación es obvia. Bueno, pues el resultado es que algunos capítulos me han gustado más que otros: me parece brillante, inteligente, emotiva, y tierna la historia de los Gravoski y su hijo Yilal, y en cambio me resultaba un tanto artificial las conversaciones en Tokio del protagonista con la novia japonesa de Salomón Toledano. Y creo que ese es el resumen principal que puedo realizar sobre la novela: capítulos brillantes y otros no tanto.

En cualquier caso me la he leído de un tirón, porque es cierto que esa niña mala genera una cierta incertidumbre y una expectación sobre como acabarán justificándose los dos protagonistas, tras una vida de sucesivas despedidas (huídas más bien) y reencuentros. Pero sin embargo, lo que más me ha llamado la atención es la perturbadora historia de soledad de los dos personajes, no tanto la de la niña mala (auténtica protagonista de la novela: femme fatal ambiciosa, egoista, inhumana, pero con una vida -desde mi punto de vista- más radical y por consiguiente, más difícil de identificarse con ella, -al menos en mi caso-), sino la de Ricardo Somocurcio, alguien que pudiera estar entre nosotros, en la puerta de enfrente de nuestro edificio, el perfecto expatriado que nunca es de ningún sitio, y al que se le pasa la vida casi sin tener amigos, familia, ni nada que se le parezca. Los pocos amigos que se consigue van desapareciendo (de una forma u otra) al final de cada capítulo, para hacerle comprender que en su vida no hay nadie más, sino él, y el amor que profesa por su intermitente, esporádica e imprevisible niña mala. Desde luego una soledad, que por lo menos a mi, me aterra, y quizás por eso me ha llamado tanto la atención.

Creo que la novela también ofrece una revisión histórica de la época en la que se desarrolla. A veces, se realiza hasta una especie de redacción enciclopédica de cómo era, por ejemplo, el Londres de los años sesenta (y que a mi me resultaba extraño -y poco adecuado- el narrarlo en primera persona), y otras veces se nos realiza una introducción a la época de las revoluciones, la contraposición entre la vida en ciudades como París o Lima, las consecuencias de esas desigualdades reflejadas, por un lado, en los emigrantes (migrantes quizás sea el término adecuado) que cohabitan en el barrio de Lavapiés en Madrid, y por otro, en una de las terribles protagonistas de ese desequilibrio social y probablemente de esta novela, que no es otra que la soledad, la soledad desgarradora.

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