La inmigración africana a las Islas Canarias

Héroes de ébanoHéroes de Ébano, de Juan Manuel Pardellas

Ante la nueva llegada de cayucos a las costas de las Islas Canarias, recupero para este blog, el libro en el que Juan Manuel Pardellas publicó una serie de artículos suyos aparecidos en El País sobre seis supervivientes africanos que llegaron a las islas en patera. El año pasado tuve el honor de presentar en el Ateneo de La Laguna esta obra de Pardellas, copio por tanto el texto que leí en aquella ocasión y que considero de actualidad en estos días en los que llegan los cayucos, y también de actualidad en los otros días, en los que no llegan…

“Hace unos meses fui invitado por mi amigo Victor Álamo de la Rosa a la entrega de los premios del periódico La Opinión, a él le concedían el Mercedes Pinto de literatura y por esa afición que nos une me llamó para invitarme. El salón de actos de Cajacanarias estaba repleto de glamour, caras conocidas de los periódicos, saludos de compromiso, y flashes de cámaras de fotos. Previo a la entrega del Mercedes Pinto de literatura entregaron otro premio, el Ernesto Salcedo de Periodismo, a recogerlo subieron al estrado Bubakaré, Suleman, Yazeé, Mamadou, Daniel, y Salimata, seis supervivientes de una patera, que si bien ninguno de ellos se encontraba en la isla esa tarde, sí que lo estaban para Juan Manuel Pardellas, aquel para mi desconocido periodista que fue quien realmente subió al estrado para recoger su premio. Entre tanto glamour casi de color rosa me emocionó el discurso de ese tal Pardellas, porque él quiso que ese reconocimiento ―al menos de su humilde parte―, fuera para aquellos africanos a los que  un día les llegó su turno para subirse a una patera.

No creo que sea fácil encontrar periodistas que se involucren tanto en la inmigración con la sensibilidad con que lo hace Juan Manuel Pardellas; no es fácil hablar de África, y sobre todo, no es fácil entender a África. La semana pasada regresé de Mauritania, leía en el avión un libro que trataba sobre los problemas étnicos de ese nuevo país, un nuevo país con unas fronteras dibujadas con escuadra y cartabón por un grupo de occidentales hace apenas un siglo. Dentro del área trazada sobre el papel cuadriculado quedaron atrapadas dos etnias completamente distintas, con modos de vidas completamente distintos y que hoy conviven libremente en una desigual armonía. En el asiento de al lado viajaba conmigo un médico hasaní, me comentaba que tendrán que pasar siglos para que se disipasen las diferencias raciales entre los moros y los negros que conviven en Mauritania. A lo mejor los mismos siglos que tardaron los países europeos en definir sus fronteras actuales.

Pero esperemos que no tengan que pasar varios siglos para que nosotros, los occidentales, podamos comprender a África, tanto su riqueza, como su pobreza y sus consecuencias, sobrevivir con menos de un dólar al día, cruzar casi a pie miles de kilómetros del desierto del Sahara, embarcarse en un cáscara de nuez y surcar todo un océano oscuro sin saber muy bien a dónde vas a llegar ni que te espera allí. Hace unos días un compañero de trabajo me pasaba un artículo en el que se explicaba que los occidentales nunca podremos comprender a África, ponía un ejemplo: imaginar que una tribu africana intentara gestionar la vida en occidente, que ―por citar alguna― los Masais, juzgaran los hábitos de occidente y gestionaran nuestra forma de vida desde el punto de vista de su cultura, de sus poblados y de sus sabanas. Lógicamente sería imposible, como también parece imposible que nosotros, occidentales, hayamos impuesto y queramos pretender gestionar el modo de vida en las diferentes tribus y etnias que componen los nuevos países africanos. Un viejo proverbio bambara dice que «no importa cuánto tiempo un tronco pase en el agua, nunca llegará a ser cocodrilo».

Pero al menos deberíamos hacer un esfuerzo por intentar comprenderlos. Hace apenas unas semanas el Gobierno Británico ha publicado un informe sobre África creado por una comisión formada a tal efecto por líderes africanos y occidentales. Uno de los primeros aspectos que trata el informe, y al que concede una enorme importancia, es la cuestión cultural, no la cultura como arte, literatura, cine, etc., sino la cultura como identidad, como escala de valores, como organización social, como interrelación entre los individuos de una comunidad. Y las diferencias entre Occidente y muchos países africanos son abismales en algunos de estos aspectos, y al mismo tiempo comprenderlas es imprescindible para que la erradicación de la pobreza y el desarrollo puedan ser una realidad al alcance de todos.

Pardellas hace referencia al final de su libro a unas estadísticas sobre el número de inmigrantes, ―y repito la palabra: número― llegados en patera a las costas Canarias en los últimos cuatro años, aproximadamente unos 30.000, ¿muchos verdad? Si tenemos en cuenta que sólo en África Occidental, que es un pedacito de África, viven aproximadamente unos 250 millones de personas humanas ―que sienten como nosotros― y que el 50% de ellos viven bajo los límites de la pobreza, todavía quedan unas 124.970.000 personas humanas ―que se emocionan como nosotros― susceptibles de venir en patera a las islas… Bubakaré, Suleman, Yazeé, Mamadou, Daniel, Salimata y los doce compañeros que murieron es ese viaje simplemente estaban al inicio de una interminable fila de espera cuando les tocó subirse a una patera. ¿A qué estamos jugando?, ¿a dispararle al tiranosaurio con un tirachinas?

Recomienda el informe del Gobierno Británico los ejes principales en los que se debe actuar, uno de ellos: crecimiento económico, comercio, inversiones y empresas. El principal recurso económico del que disponen los países africanos es la agricultura, recuerdo un viaje a Costa de Marfil en el que me escapé a visitar una plantación de plátanos: un mar de plátanos en un territorio llano donde las plataneras se confundían con el horizonte, plantas de seis metros sin invernadero, alimentadas con agua de la lluvia y de la que depende la alimentación y la economía de innumerables familias marfileñas. Occidente propaga la globalización y el libre comercio pero sin embargo por medio de trabas aduaneras mantiene cerrados sus mercados a la agricultura proveniente de los países en desarrollo, a productos como por ejemplo el tomate y el plátano que, de abrirse las fronteras,  hundirían a nuestros agricultores canarios subvencionados y no competitivos.¿Qué encrucijada verdad? Pues probablemente de darle salidas a estas encrucijadas depende la vida y la muerte de millones de personas en África. ¿Hasta que punto estamos dispuestos a renunciar a parte de nuestra comodidad para apoyar a estos países desfavorecidos? ¿Realmente nos interesa?, ¿nos interesa dedicarles el 0,7 de nuestro Producto Interior Bruto?, ¿nos interesa condonarles la deuda?… Cada vaca europea recibe dos dólares de subvención al día, mientras millones de africanos malviven con menos de 1 dólar al día, con menos de 75 céntimos de euro. Mientras no encontremos salidas a estas encrucijadas seguiremos inventando radares para nuestras costas que detecten los 36,5 grados del cuerpo humano, mientras no encontremos salidas a estas encrucijadas seguiremos inventando otras armas inteligentes que destruyan países, en lugar de inventar ideas inteligentes que ayuden a erradicar la pobreza ¿qué es realmente la inteligencia?, se pregunta Jose Antonio Marina.

Trabajar con África implica conocer su cultura y su diversidad, ―ese es uno de los objetivos de www.africainfomarket.org, el portal de internet que tengo la suerte de dirigir―, dar a conocer a occidente por ejemplo que África no es una sola unidad, ni un solo país, qué África es un continente formado por más de cincuenta países cada uno con situaciones y realidades diferentes. También es necesario conocer que África no significa sólo pobreza, o guerras, como nos venden los medios de comunicación, que en África hay muchísimos países estables, que no sufren conflictos políticos, que existen millones de africanos que viven maravillosamente en sus ciudades africanas, que acuden cada mañana a su puesto de trabajo, que van al cine y a comer al campo con sus hijos los fines de semana. Es imprescindible que occidente conozca a África, por eso en el ámbito de mi trabajo tengo la suerte de poder invitar a Juan Manuel Pardellas a que se venga con nosotros en nuestro próximo viaje a Senegal, porque necesitamos de periodistas con su sensibilidad, con su compromiso, con su efecto multiplicador para dar a conocer la realidad de África, porque sin que yo sepa nada de periodismo supongo que Pardellas pertenece a ese grupo de periodistas que se quitan las teclas de los dedos y salen a la calle a romperse las uñas, y además con objetividad, con lealtad, con empatía, con un ímpetu y un amor por trabajo como demuestra en cada uno de los artículos que aparecen en su libro “Héroes de Ébano”.

Probablemente en estos momentos en los que estamos aquí tan cómodos, en esta sala tan acogedora, sentados en estas sillas con las cuatro patas sobre el suelo firme, probablemente en este momento haya una patera intentando acercarse a las costas de Fuerteventura. Y no una patera, sino una treintena de personas, si todavía sobreviven las treinta, a punto de morir de frío, de sed y de miedo. Ni siquiera les han contado que no pueden ponerse de pié, cuando en cualquier momento, sean avistadas por la patrullera de la guardia civil. Si comenten el acto reflejo de levantarse tras más de veinticuatro horas en cuclillas con los músculos entumecidos, harán perder la flotabilidad de la barca y es probable que muchos de ellos caigan al mar, dentro de unos minutos, de noche, en la más absoluta oscuridad, sin saber nadar se hundirán como piedras. Y creo que éste es el mensaje que también nos quiere transmitir Pardellas, que si bien no podemos ni imaginarnos el sufrimiento de tantísimas personas, que al menos no nos resulte indiferente, que no nos vayamos de esta sala con el libro firmado y nos olvidemos de todo hablando en corrillos en la puerta del Ateneo decidiendo a qué bar nos vamos a tomar unas cervezas, que seamos cada día conscientes para que, en la medida de nuestras posibilidades, podamos exigir soluciones, podamos aportar cada uno no un grano, sino un puñadito de arena que también está a nuestro alcance, para no olvidar la pobreza y sus consecuencias sobre tantas personas iguales a nosotros que viven a apenas una hora de avión.

El otro día escuché a una madre llamar a su hija que jugaba en los columpios: «África, que no vamos». África, que elección de nombre tan… interesante para una hija. Ojalá que ese nombre la predisponga a comprender la realidad de ese continente, ojalá que crezca ella, y sus amigos con los que jugaba en los columpios, con una conciencia distinta, comprometida, solidaria… Ojalá que no se vea abocada a esa canción de Pedro Guerra sobre el hombre blanco, canta Pedro con toda razón que el hombre blanco no entiende y se aburre, ojalá que África no, ni sus amigos de los columpios, ojalá que dentro de quince años, cuando esos niños puedan decidir, muchas de las cosas de las aquí descritas hayan cambiado, y que ellos las continúen, para eso necesitamos la conciencia de todos, y para eso necesitamos, también, periodistas como Juan Manuel Pardellas.”

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