Contra natura, Álvaro Pombo

Contra natura
Contra natura

Sentirse a gusto sintiendo que sientes sentimientos

Ya es la segunda vez que me ocurre, me pasó con “El cielo raso”, y me vuelve a pasar ahora con “Contra natura”; leer a Álvaro Pombo es quitarse el sombrero, leer a Álvaro Pombo es una delicia, una admiración, un reto, un… «sentirse a gusto sintiendo que se sienten sentimientos». Esta última frase es de José Antonio Marina, Pombo la rescata en “Contra natura”, y yo la re-rescato para este blog, para declarar que, leer a Álvaro Pombo, es «sentirse a gusto sintiendo que lees sentimientos».

Nombraba “El cielo raso” (una de esas novelas que saqué un verano de la biblioteca y que después me arrepentí al devolverla por no poder quedármela para ojearla mil veces), digo que nombraba “El cielo raso” porque encuentro muchas similitudes entre estas dos novelas de Pombo: lógicamente la carga filosófica producto de los estudios de filosofía del autor; también encuentro similitudes en la reflexión continua que realizan los personajes sobre sí mismos y sus sentimientos; en la relación ―a veces desgarradora― entre un adulto y un joven; e incluso encuentro similitudes en algún pasaje que creo que aporta poco a la novela, como es el caso en “El cielo raso” del viaje de uno de los protagonistas a El Salvador, o en “Contra natura” de la historia de la madre de Ramón Durán en Málaga. Supongo que estas coincidencias entre las novelas son las que van conformando el estilo de un escritor.

Pero lo que más me impresiona de Pombo es, como comentaba en el párrafo anterior, la continua reflexión que realizan sus personajes, el intenso y difícil trabajo que acomete cada uno de ellos en aras de conocerse a si mismo. Pero no sólo me sorprende esa reflexión continúa, sino también la habilidad para escribirlo con la maestría con que lo hace Pombo. He leído tantos tramos brillantes a lo largo de esta novela que he pensado que la mejor manera de hablar sobre ella sea, quizás, transcribirlos, por ejemplo cuando Javier Salazar se pregunta a sí mismo: «¿Qué me está pasando ahora? A ratos cree saber la respuesta y a ratos no. No soy, se dice Salazar esta tarde omnisciente. No se conoce del todo a sí mismo aunque sabe quien es con claridad suficiente para entretenerse hurgando en el yo tornasolado. Es una conciencia en parte inconsciente de sí misma y en parte consciente de ser inconsciente, y, por consiguiente, la conciencia de sí no le abandona. En la medida en que es inconsciente no sabe todas las respuestas, en la medida en que es consciente hace todas las preguntas. Y entre esas preguntas, algunas sobresalen ahora como corchos invencibles que flotan en la memoria instantánea»

Contra natura cuenta la historia de dos generaciones de homosexuales. Por un lado, la homosexualidad vivida en la época de Franco, una homosexualidad oculta, vergonzante, y castigada por las estrictas influencias de la moral y de la religión. Y por otro, la homosexualidad de hoy en día del barrio de Chueca y de la España de Zapatero, la homosexualidad libre y aceptada frente a la homosexualidad de tiempos más oscuros. Javier Salazar y Paco Allende, sexagenarios, el primero hedonista el segundo moralista, parece que echan de menos la manera de vivir la homosexualidad de antes frente a la de hoy (frente a la de sus jóvenes amores Ramón Durán y Juanjo Garnacho), una homosexualidad que consideran demasiado fácil, demasiado libre, demasiado trivializada: una homosexualidad tan normalizada que no obliga a los homosexuales a agudizar el ingenio, a alcanzar la madurez que requiere afrontar la adversidad. Comenta Javier Salazar: «Las prohibiciones humedecían el apetito, exaltaban los deseos, agudizaban los ingenios eróticos, ¡la calle brillaba con sus turbios amores prohibidos!, pero la prohibición, la nocturnidad, el secreto, el secreto de toda aquella incipiente sociedad rosa, (…) ¿no era en definitiva, parte de la maravillosidad, de la deseabilidad de la situación? Contra Franco nos la meneábamos mejor».

En el lado negativo de la balanza, lo que menos me ha gustado ha sido la posición del narrador: Un narrador que se sale de la escena, que sabe cosas sobre los personajes que ellos mismos desconocen, y que incluso llega a hablar con el lector. Personalmente no me siento muy identificado con este tipo de narración, porque creo que me saca de la novela. Recuerdo hace muchos años leer un artículo de Terenci Moix en El País Semanal, hablaba de su pasión por el cine, de cómo lo utilizaba para olvidarse de todo. Para él, ir al cine, significaba transportarse durante dos horas al maravilloso mundo de la película, para luego, una vez acabada, regresar a su triste realidad del día a día, una realidad mucho menos emocionante, mucho menos sugerente que la ficción. Por esa época yo debía de haber cumplido los 20 años, y también me escapaba de la realidad para irme sólo al cine a la sesión de las cuatro, películas como «Gran Cañón», «El lado oscuro del corazón»,« El club de los poetas muertos»… si en esas dos horas absorto en la trama escuchaba a gente hablar en otra fila, me sacaban de la película, me hacían recordar que aquello fantástico que ocurría en la pantalla era tan sólo ficción; pues esa era una sensación parecida a la que experimento cada vez que en las novelas el narrador habla con el lector.

En cualquier caso eso no sucede muchas veces, y ese leve reproche no eclipsa absolutamente nada, porque la prosa de Pombo me parece monumental, atrevida, profunda, descarada, desgarradora, no fácil de leer pero fascinante, y por eso se convierte, tras su segundo libro que leo, en uno de mis autores de culto.

El cielo raso
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