El Lobo Estepario

El lobo estepario80 años y siempre vigente

Habla Vargas Llosa en «La verdad de las mentiras» sobre la potestad de la obra que pierden los autores una vez que el libro ha sido publicado: la novela sale a la calle y los lectores hacen uso de ella según la manera en la que se sientan identificados con la misma, y esa singular identificación puede estar en concordancia con lo que el autor pretendía, o puede que no, puede que la interpretación del lector sea distinta de la que el autor quiso transmitir. Algo parecido también he experimentado con la publicación de “Tú eres azul cobalto”, al comentarme algunos lectores diferentes lecturas de la novela: evocaciones o ideas que ni siquiera yo me había imaginado. Juan Manuel Bethencour me lo preguntó en una entrevista para Diario de Avisos, si es cierto que los lectores se hacen dueños de los libros, y la respuesta, afortunadamente, no puede ser otra que afirmativa.

Y precisamente eso es lo que comenta Vargas Llosa: «El lobo estepario», escrito en 1927, con el objetivo de ser un alegato a la reconversión del solitario, del huidizo, del huraño, del anacoreta, hacia una vida más comunicativa, más integrada con el entorno que le ha tocado vivir, fue interpretado por los lectores inconformistas de finales de los 60 y principios de los 70 con el efecto contrario al que pretendía Hermann Hesse: «El lobo estepario» no fue la lectura positivista que propagaba la integración en la sociedad de una persona solitaria, sino que pasó a ser el libro de cabecera, la guía espiritual de todos aquellos jóvenes que no se identificaban con la transición económico-burguesa de la época, y que se veían a ellos mismos precisamente como lobos esteparios, como individuos aislados, solitarios, descontentos, incomprendidos  por una sociedad incomprendida para ellos.

Bueno, pues lo mismo me ha pasado a mi leyendo «El lobo estepario» en octubre de 2006, treinta y cinco años más tarde de aquellos finales de los sesenta en los que nací, ochenta años más tarde de que se escribiera la novela. Como aquellos jóvenes de entonces, lo que más me ha identificado de «El lobo estepario» ha sido ese sentimiento de vacío que vive Harry Haller en la primera parte de la novela, ese sentimiento anacoreta de Haller en medio de un mundo en el que ningún fin comparte, ningún placer le llama la atención, la distancia con la que observa todos esos entretenimientos banales de la sociedad que sólo servirán al hombre para huir de si mismo y de su fin y para revestirse de una red cada vez más espesa de distracción y de inútil estar ocupado.

Y entonces uno se da cuenta de que este sentimiento de Lobo Estepario no es un sentimiento exclusivo de hoy en día, no es un sentimiento de esta sociedad hedonista del siglo XXI, de esta sociedad en muchos aspectos (que no en otros) ególatra, banal, demasiado consumista, insolidaria. Resulta que este sentimiento que a veces te aísla porque no te permite comprender el mundo que te rodea no sólo pertenece a la actualidad, sino que también lo interpretaron los jóvenes de principios de lo 70, o los lobos esteparios del periodo de entreguerras en el que está escrito la novela de Hesse. Esto me trae a la memoria una frase de Pombo en «El cielo raso»: el hecho de que la soledad y la incomprensión sean intrínsecos al hombre, o a algunos hombres que comparten individualmente un sentimiento de vacio, que perciben que es parte esencial del sentimiento de  inacabamiento de nuestras vidas y de su falta de significación total, que añoremos acabarlas y dotarlas de una significación total, una contradicción demasiado humana para aquellos humanos y humanas que observamos finalmente con recelo, con remordimiento, cómo nos hemos adaptado a una vida burguesa, una vez aceptado que no son necesarios epopeyas ni héroes, sacrificando la intensidad por la seguridad, el placer por el bienestar, la libertad por la comodidad, el fuego abrasador por la temperatura agradable.

Pero cuando esa elección propia de aburguesamiento se nos revela como insuficiente o equivocada, cuando sentimos la afirmación de Pombo sobre el inacabamiento de nuestras vidas, cuando una tarde por cualquier cosas nos encontramos desnudos frente a nosotros mismos, frente a lo que somos o lo que hemos aceptado ser, entonces esas veces nos sentimos lobos esteparios, nos recogemos solitarios, independientes, incomprendidos en un mundo que no acabamos de comprender, una soledad que si es creciente puede convertirse en un riego demasiado alto, porque como dice Hesse, el hombre poderoso en el poder sucumbe, el hombre del dinero en el dinero, el servil y humilde en el servicio, el que busca placer en los placeres, y así también sucumbe el lobo estepario, los solitarios que no entienden (que no entendemos) muchas cosas del mundo que los rodea y que finalmente acaban también sucumbiendo en su propia independencia.

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