Cuando la literatura se te deshace en la boca

El viento de la Luna
El viento de la Luna

Antonio Muñoz Molina

¿Quien dijo que la descripción era aburrida?, ¿fui yo en este mismo blog?, receta para los que opinemos de esa manera: leer “El viento de la luna”, de Antonio Muñoz Molina, o probablemente cualquier obra del autor, yo ya llevo varias, y ninguna me decepciona, salvo «Ventanas de Manhatan», todas me han parecido brillantes, la que más “Sefarad”, pero también “En ausencia de Blanca”, “El invierno en Lisboa”, “Carlota Fainberg” o “Plenilunio”.

Supongo que hay descripciones y descripciones, supongo que éstas serán atractivas en función de cómo se combinen con otros elementos de la novela, recuerdo las lecciones en el taller sobre el ritmo en el relato: combinaciones entre «acción, descripción, reflexión»; en los talleres de Fuentetaja hablan de  «escena, descripción, resumen», y también del tiempo de la acción y del tiempo de la narración: cuando éstos coinciden o cuando uno es mayor o menor que el otro. En definitiva, diferentes opciones narrativas para que el ritmo sea ágil, atractivo, sencillo de leer. Supongo que todos los novelistas utilizan estas premisas, pero ¿por qué a unos los consideramos más amenos que a otros?

Quizás ese elemento diferenciador en Muñoz Molina sea la calidad de una prosa que se te deshace en la boca, vas leyendo párrafos sin ninguna dificultad, como si estuvieras flotando en un mar liso y llano y fueras transportado, mecido por una ola suave y precisa, que avanza despacio, silenciosamente, sin llegar nunca a romper bajo un sol perfecto de verano. Es una sensación como de dejarse llevar, de tranquilidad, de reposo, de sentirte acunado por una mano maestra que es la prosa de Muñoz Molina, que te acompaña, te cautiva y te hace disfrutar de la lectura.

«El viento de la luna» habla sobre un muchacho que se inicia en la adolescencia en un pueblo del sur de España (llámase Mágina o llámase de otra manera, no acabo de entender la connotación mágica que se le ha dado a esa ciudad inventada que está en la provincia de Jaen: Mágina no es Macondo). El muchacho en cuestión (del que creo recordar que en ningún momento se dice su nombre) vive absorto su salida de la infancia, sin acabar de entender los pelos que afloran a borbotones por sus piernas y sobacos, ni el mundo rural y tosco que le rodea. Para escapar de ese desentendimiento se refugia en los libros, para huir de ese mundo rural sigue al dedillo el viaje de Apolo XI a la luna. Desde la ventana de su habitación contempla la cara visible de la luna, escuchando los ronquidos de su padre y percibiendo los olores de las cuadras, añorando ser el astronauta que escapa de ese mundo rural a golpe de modernidad y tecnología.

No ocurre mucho más en la novela, pero es entonces cuando entra en juego la solidez de la prosa de Muñoz Molina, no sólo esa capacidad para que se te deshaga en la boca, sino también el hecho de identificarte con muchas cosas de una época que muchos han vivido de lleno y otros en parte, y aunque se diga que son tópicos, no por tópicos  menos reales: la tele en blanco y negro, la familiaridad de las tías, los rumores de los pueblos, el peso de la religión, las poluciones nocturnas… Pero no solamente es su prosa, Muñoz Molina reflexiona también sobre muchas cuestiones con las que yo personalmente me siento identificado (y probablemente no sea el único) y que hace que te reconozcas cuando por ejemplo explica la diferencia entre la celebración de santos y cumpleaños, cuando el protagonista se pregunta que será de él en el año 2000, o cuando narra como en un corrillo público alguien suelta una frase consabida como si acabara de ocurrírsele, como si hubiera descubierto él sólo una terrible ley moral.

Por eso me ha encantado esta novela, porque he disfrutado con descripciones brillantes como la «del frío que se cuela bajo las puertas y los postigos mal ajustados…» (¿quién dijo que la descripción era aburrida?), porque me he sentido identificado con otra época que yo también viví aunque fuera de refilón, porque he leído en certeras palabras trivialidades o reflexiones que siempre he pensado y que reconoces complacido en boca de otro, y porque se me ha desecho en la boca esa literatura preciosista que te hace pasar cada página con una sonrisa.

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