Tú eres azul cobalto viaja a México (segunda parte)

Cooperación para el desarrolloEl 0,7% de mis ingresos irán a proyectos de cooperación para el desarrollo

Ya estoy de nuevo en Tenerife y parece que Bamako nunca existió, hace tres días que regresé y tengo la impresión de que nunca estuve, preparo el viaje a la ciudad de Guadalajara y tampoco la siento lejana… A veces tengo la impresión de que camino por el mundo y que todo me es familiar, que no me encuentro extraño en ningún sitio. El otro día cenando en casa de Claire y Santi contábamos los países que habíamos visitado, conté 49, supongo que el sentimiento de pasear por cualquier ciudad de este planeta como si estuviera en mi casa tendrá mucho que ver con eso.

Pero fue Bamako lo que quedó atrás, y con Bamako todos aquellos sentimientos de horror que escribí en la primera parte de este post. No sería justo si sólo me quedara con esa visión negativa, los días siguientes, dentro del enjambre de pobreza abisal descubrí otros detalles, un Bamako de gente con recursos, de oferta cultural, de empresarios prósperos que crean puestos de trabajo. También de eso hay en Bamako, una minoría creciente que también existe.

Tras un viaje de este tipo, regresar de nuevo al mundo occidental es regresar a otra realidad, y creo que es importante saber diferenciarlas para mantener los puntos de referencia: aquella realidad de Bamako, esta realidad de Tenerife. Sobre esta cuestión llevo reflexionando hace ya un tiempo, sobre todo en lo que respecta a la valorización de los problemas: a veces podamos caer en el recurso fácil de considerar triviales nuestros problemas de aquí comparados con la gravedad de los problemas de allá: a veces podemos llegar a pensar que hacemos un mundo en Occidente de algo que no tendría la mínima importancia en otros países que tienen otras prioridades. Pienso que esta afirmación es cierta y es falsa a la vez, por una parte está bien valorar en su justa medida las cosas y saberse que uno disfruta de una situación privilegiada con respecto a otros, pero eso no quiere decir que sean despreciables los problemas o dificultades que se plantean en tu día a día en Tenerife, o en cualquier ciudad de Occidente, problemas que se desprenden de una realidad social occidental, pero en cualquier caso también problemas, aunque sean muy distintos de otros problemas que se desprenden de una realidad social en África.

Por eso lo de las dos realidades, por eso el hecho de diferenciarlas, por eso que sea cierto y falso a la vez, aunque sí reconozco que es categórico que los problemas más acuciantes de otros te pueden o te deben ayudar a mirar con cierta distancia los tuyos. Muchas veces cuando me siento en una terraza y realizo el simple hecho de pedir un helado, y que tenga dinero para pagarlo, y que tenga la oportunidad de sentarme en una silla con una mesa limpia y bien ubicada, y que haya un camarero que te ofrezca ese servicio, muchas veces ese simple hecho me hace sentirme un privilegiado (sin sentimentalismos, tan solo con objetividad), porque hay mucha gente en muchas partes del mundo (y en tu propia ciudad) que eso no lo puede hacer.

¿Y a que viene todo esto? Pues viene a la propuesta que me ha hecho un activo seguidor de esta web para que done el 0,7% de los ingresos de mi novela (y de las próximas que vengan) a proyectos de cooperación para el desarrollo, y digo yo, ¿cómo no se me había ocurrido antes? Cuando uno viaja a países pobres, cuando vemos esas imágenes en la tele, muchos solemos pensar que qué injusticia, y nos preguntamos qué podemos hacer para ayudar en algo. Esa pregunta a veces funciona como una trampa, porque se asigna un problema de dimensión astronómica a la capacidad de obrar de una persona, y es normal que la respuesta y el resultado pueda ser desalentador, ¿qué puedo hacer yo sólo? Y entonces apadrinamos niños, donamos dinero a una catástrofe puntual, o nos hacemos socios de Cruz Roja.

Pero yo creo que la respuesta a esa pregunta no debe bastar con apadrinar a un niño o asociarse a una ONG (a pesar de que eso sea loable), porque creo que a veces ese hecho puede funcionar como el pago del impuesto solidario que te libera de la responsabilidad o la culpa (yo mismo soy socio de una ONG). Creo que el compromiso debe ir más allá, debe ser un compromiso de conciencia, de no olvidar nunca que nosotros podemos colaborar, pero que también podemos exigir. Hace unos años se manifestaron en una isla pequeña como Tenerife más de 100.000 personas para exigir que no se construyera un tendido eléctrico que atravesaba los montes de pinos de Vilaflor, los efectos fueron fulgurantes, se paró el proyecto y se generó el miedo para afrontar actividades parecidas que perjudicaran el medioambiente. Hace unas semana se convocó en esta misma isla una manifestación contra la pobreza a la que asistieron no más de 2.000 personas, pero si en cambio hubiésemos ido 100.000 (porque yo tampoco fui a aquella manifestación, la comodidad de un sábado me venció al deseo de hacerlo) probablemente estaríamos en la posibilidad no solo de aportar, sino también de exigir a aquellos que pueden hacer como instituciones mucho más de lo que cada uno de nosotros como personas individuales.

Y por eso, siguiendo los consejos de un usuario de este blog, voy a donar el 0,7% de mis ingresos a proyectos de cooperación para el desarrollo en África. No por la cantidad que pueda salir de ahí que será insignificante, no porque esté cumpliendo con mi impuesto solidario, sino porque el 0,7 debería ser como una norma ISO, como un sello de calidad o de conciencia, como una actitud que deberían asumir todas las personas físicas o jurídicas que tuvieran capacidad económica para hacerlo.

¿Y que tiene esto que ver con Guadalajara? Pues probablemente nada, probablemente me haya equivocado al titular este post como “De Bamako a Guadalajara”, pero ya lo hice en la primera parte y ahora no hay marcha atrás. Para México iré sin esperar nada porque ya sólo el mero hecho de ir es un premio. La semana pasada estuve en Bamako y la próxima estaré en Guadalajara, y no encontraré ningún hilo conductor entre el antagonismo de una ciudad y la otra, quizás tan sólo el hecho de que, como me sucede ya desde hace tiempo, en las dos me sienta como si estuviera en mi casa.

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