¿Felicidades o no?

Inundaciones del 24/12/06 en Aceh Tamiang - Indonesia, en la misma zona del Tsunami. Publicada en El País Digital el 25/12/2006
Inundaciones del 24/12/06 en Aceh Tamiang – Indonesia, en la misma zona del Tsunami. Publicada en El País Digital el 25/12/2006

Una Navidad más

La primera decepción que me llevé en Navidad no fue cuando me contaron quiénes eran los Reyes Magos, lo comentó don Juan en clase cuando estaba en tercero de EGB, y nada más escucharlo fue como si de repente la neblina se disipase ante mis ojos: ¡claro!, ¡cómo iban a existir los Reyes Magos! Cuando regresé a casa se lo dije a Mamá, que el profe ha dicho que los reyes son los padres, y ella me respondió que sí, supongo que con una cierta tristeza al darse cuenta de que quizás un profesor imprudente se había adelantado a lo que se suponía era su deber de madre. Pero recuerdo que no fue una verdadera decepción, ―quizás fue aceptar mi signo terrenal que dicen los que creen en el zodiaco―, y no fue una decepción porque, fuesen los reyes los que fuesen, cada mañana del seis de enero seguían apareciendo puntualmente los regalos junto al belén y árbol de Navidad (¿el fin justifica los medios? ―fíjate que casi nunca he pensado así―). Mi primera decepción con esto de los regalos se produjo bastantes años después, cuando se suponía que un chico de trece años ya no podía pedir juguetes a los Reyes, en clase mis amigos ya nos lo pedían (o al menos decían que no los pedían), así que cuando aquella Nochebuena llegó mi hermano disfrazado de Papa Noel (porque a los pequeños sí podíamos engañarlos los cómplices de aquella gran verdad) y tras abrir los regalos descubrí tan solo la misma ropa que había pedido, no pude sino sentir una enorme decepción, una tristeza disimulada tras mis gafotas de pasta, miraba los pantalones vaqueros, los tenis, o la camiseta con dibujitos todavía medio envuelta entre los papeles de colores y pensaba que eso no eran regalos sino más bien una obligación, entonces, ¿con qué jugaba yo ahora?, ¿con qué regalos de reyes?, qué chungo eso de querer hacerte el mayor…

Y fue precisamente hacerme el mayor lo que constituyó mi siguiente recuerdo importante de la Navidad. Fue unos cuantos años después, tendría dieciséis o diecisiete años, cuando por primera vez en mi vida le dije a alguien “felicidades” por Navidad. Antes de esa edad, aunque escuchaba a la gente decirse felicidades yo no felicitaba nunca, porque pensaba que esas cosas las decían los mayores, y no los niños, o el adolescente que era yo; pero un buen día que regresaba más contento de clase porque empezaban las vacaciones, mientras comentaba trivialidades con un vecino en el ascensor, al despedirnos le dije «felicidades», y me sorprendió que aquella palabra hubiese salido de mi boca, por primera vez en mi vida, sin ni siquiera haberlo meditado antes. Recuerdo que me sentí orgulloso de haberlo dicho así, de una manera tan espontánea, porque eso significaba que ya era suficientemente mayor para poder felicitar las fiestas, aunque no supiese la verdadera razón por la cual se felicitaba más allá de porque lo hacían los adultos, y por tanto también el adulto que empezaba a ser yo.

Ese año felicité a muchísima gente, a gente a la que conocía y a gente a la que no, porque la Navidad era eso, felicitarse, y además y sobre todo eran las mejores fiestas para salir con los amigos: la noche loca del veinticuatro, ponerse el smoking el veinticinco, la noche más loca de fin de año y la marchita simpática del día de Reyes. Eso era la Navidad, las vacaciones y la juerga, los que estudiaban fuera regresaban, salías por la noche y los pubs estaban llenos de gente, te encontrabas con montón de amigos, y todos siempre más contentos, siempre con una sonrisa, siempre más alegres y más divertidos por el mero hecho de que era Navidad.

Y así estuve bastantes años, felicitando las fiestas a todo el mundo, hasta que de repente me di cuenta de que no sabía qué felicitaba, que había pasado más de diez años felicitando a la gente sin saber muy bien porqué. ¿Por qué se felicita? ―recuerdo que le pregunté una vez a alguien―, por el nacimiento de Dios ―me respondió―, y a mi Dios me sonaba como a los Reyes Magos, y no creo que haya sido mi signo del zodiaco lo que me hizo empezar a separarme poco a poco y después ya por completo de la Navidad, no del respeto a la Navidad de los que la viven bajo las creencias de lo que la Navidad verdaderamente representa, pero sí la desconfianza hacia la Navidad que vive la gran mayoría, cargada con todas esas cosas falsas y tópicas que ya sabemos todos y que no hace falta que enumere aquí.

Estos días me empiezan a llegar al móvil todos esos mensajes felicitándome las fiestas, y ya he decidido que si bien no los respondo (aunque alguno he respondido) que al menos no me molesten, quizás porque he acabado por comprender que son inevitables y que no sirve de nada mi actitud hostil de años anteriores, cuando me fastidiaba que me felicitasen e incluso a amigos de mucha confianza les preguntaba que por qué lo hacían (¿felicidades?, ¿por qué?) y ellos me miraban como si fuese un extraterrestre. Hoy me llegan los mensajes de Navidad al móvil y he decidido darlos por buenos, tan solo por el simple hecho de que, sea por lo que sea, en Navidad la gente parece más feliz, ojalá que toda esa predisposición a la felicidad y todos esos buenos deseos supere la barrera de las efímeras falsas semanas que dura la Navidad y que prevalezcan también todas las semanas del año… ¿es mucho pedir?

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