¿Se transmiten emociones desde la felicidad?

Brooklyn Follies
Brooklyn Follies

Brooklyn Follies, de Paul Auster

Hace unos días fui a ver Babel, la película del mexicano Alejandro González Iñárritu, y ni que decir tiene que me encantó, no podría ser de otra manera: las historias entrelazadas en tres lugares completamente distintos del planeta, el ir y venir de los tiempos de la narración, las verdades sociales y geográficas tan pegadas a la tierra. Curiosamente estos días también he visto otras películas (oye, ¡qué maravilla que hayan abierto unos Renoir en esta ciudadita de Santa Cruz!), El perfume y El ilusionista, y aunque son entretenidas nunca me gustarán como Babel, quizás sea porque las ilusiones o las fábulas no las puedo tocar, y la realidad sí, aunque sea puta la realidad de Babel, puta como la realidad misma.

¿A que no saben una de las cosas que más me sorprendió de Babel?, la dedicatoria del director que apareció al final, creo recordar algo así como: “to my sons, the only light in the darkness” (a mis hijos, la única luz en la oscuridad); me quedé helado, paralizado en el sillón, con los dos brazos pegados a los reposabrazos sin apenas poder moverme. ¿Tanto dolor y tanta tristeza invaden al director como para realizar esa dedicatoria? La verdad es que es precisamente eso lo que transmite Babel: dolor, algunos más intensos que otros, algunos pasajeros y otros mucho más profundos, pero siempre dolor, un dolor real que podemos tocar o palpar como si fuera plastilina (esta frase última no es mía, es de Dori), y la verdad es que a veces uno se agota de que lo único que le conmueva sea el dolor, que todos los libros o las películas que a uno le interesan sólo transmitan dolor, desigualdad, drama, tristeza, ¿y la felicidad?, ¿qué pasa que no se cuenta?

Pero este blog, aunque también pudiera hablar de cine, normalmente habla de literatura, y si he puesto arriba la foto de Brooklyn Follies de Paul Auster será por algo. Hace unas semanas escribía que quería empezar con los norteamericanos (ya leí Manhattan Transfer de John dos Passos y la verdad es que me acabó cansando), y ahora por fin, Auster. Brooklyn Follies: la historia de Nathan Glass, un sexagenario que abandonado por todo y tras superar un cáncer decide ir a pasar sus últimos días al barrio donde nació, a Brooklyn, y lo que verdaderamente le ocurre es que, gracias a su determinación, le van sucediendo una serie de historias y reencuentros que de repente le empiezan a demostrar que su elegido camino hacia Brooklyn distaba mucho de ser el sendero que conduce al cementerio de los elefantes.

Y aunque pueda parecer extraño, todo esto me recuerda a mi amigo Carlos, o más bien al suegro de mi amigo Carlos al cual no conozco, pero del que sé que una vez jubilado y con recursos económicos suficientes ha tomado la determinación de que su único objetivo en la vida es ayudar a los demás…(me emociono sólo con recordarlo). Bueno, pues precisamente lo que hace el suegro de mi amigo Carlos es lo que hace Nathan Glass, ayudar a todos los de su entorno a modo de patriarca protector (aunque probablemente Nathan tenga una familia mucho más rocambolesca que la del suegro de Carlos), y de esta manera a Auster le sale una comedia agradable, que se lee de un tirón, de una literatura sencilla, con una estructura fácil, en la que puedes soltar una buenas carcajadas (yo eché unas cuantas) y en la que no pasa nada muy terrible, ni muy espantoso, ni hay mucho dolor, ni mucha tristeza, y sin embargo es una novela que me ha llegado perfectamente a gustar.

Pero sin embargo no consigue el pleno, le falta algo más a esta comedia, bajo mi punto de vista le falta la capacidad de emocionar, le falta la capacidad de que perdure en mi recuerdo, y para eso necesito algo más que una correcta historia bien escrita, necesito que además escarbe o remueva los sentimientos, o el posicionamiento del lector, que deje un rastro que sea capaz de acompañarme durante varios días (por qué no meses o años), un rastro que me niego a aceptar que sólo se pueda lograr al modo de Babel, ahondado en el dolor y en la tristeza. Y es una lástima porque creo que esta Brooklyn Follies era una buena oportunidad para conseguir, además de una agradable lectura, una buena novela que nos emocionase transmitiendo felicidad, a ver si me aplico el cuento y consigo escribir una…

Posdata: ya sé que la felicidad, a veces, también se cuenta, un ejemplo, el post anterior en el que hablaba de “Suerte Mulana”.

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