De nuevo la vida en pareja

Las mujeres de AdrianoHéctor Aguilar Camín: Las mujeres de Adriano

“Las mujeres de Adriano” me lo recomendó Javier Pérez Alcalde, el otro día en la inauguración de la exposición “Historia de un ombligo” de la pintora tinerfeña (y amiga) Paloma Tudela. Me echaron una bronca tras esa conversación, porque fue larga e interesante, y por culpa de ella llegué tarde para opinar sobre si me gustaba uno de los cuadros pequeños que queríamos comprar para casa, cuando terminé de hablar con Javier y fui a ver el cuadro ya tenía el punto rojo asignado. «Es que te has pegado cuarenta minutos hablando con el chico ese» me increparon, «¿Y qué quieres que haga?, para una vez que encuentro una persona con la que puedo hablar de literatura». Y es cierto, de todo mi entorno más cercano ―el de toda la vida vamos― casi exclusivamente cuando aparece Javier es cuando puedo hablar de libros. No olvido lo que dice Iwasaki, que nos quejamos de que se lee poco pero no somos conscientes de que nunca en España se leyó tanto como ahora, y es cierto, pero también es cierto que sigue siendo una pequeña minoría la que lee.

Y el párrafo anterior poco tiene que ver con Las mujeres de Adriano, la novela que me recomendó Javier y que acabo de terminar y con la que  vuelvo a retomar con este post lo que ya hablaba en el anterior de Kundera: las historias sobre la vida en pareja (no es que sea tema mío predilecto -que podría serlo-, sino que con estas dos novelas ha coincidido así). Bueno, basta ya de rodeos y al grano con Aguilar Camín: sentados a la mesa de un restaurante, el septuagenario historiador mexicano Justo Adriano Alemán confiesa a un amigo periodista los amores del pasado, cinco mujeres, según él sólo cinco mujeres con las que ha ido compartiendo los años de su vida, y conforme el protagonista va saltando de flor en flor, Héctor Aguilar Camín nos habla del amor, de la personalidad de las mujeres y la fascinación que generan en los hombres, de la fidelidad y de la infidelidad, de la pasión y su agotamiento, de la agradable rutina y del hastío.

He aquí algunos de sus argumentos: «En cuestiones del amor alguien anda siempre corto y alguien largo: Regina siempre quería menos y yo más».

«Con Ana Segovia estuve casado doce años pero algo vital de nosotros rechaza la paz, quiere la anormalidad, la trasgresión, el riesgo. Así que un día decidí romper, como un guiso que pasa súbitamente de los cocido a lo quemado».

«Nadie vive para otro, nadie redime a otro, nadie le debe a otro ni la vida ni la infelicidad».

«Mi fusión con María Angélica había llenado por igual mis deseos y mis pensamientos, había potenciado mis certidumbres en torno a la superioridad del pensar sobre el hacer, las ventajas del claustro sobre la intemperie, del día sobre la noche, de la armonía sobre el exceso, de la rutina plácida del amor sobre el rapto de la aventura. Las caricias inesperadas de mi alumna barrieron todo eso como quien limpia de una brazada los papeles viejos de un escritorio».

«Pasada cierta edad, decía el poeta Jaime Sabines, la juventud y el amor solo pueden adquirirse por contagio».

«En mi reencuentro con Carlota supongo que incurrí en caricias prestadas de Cecila porque al final Carlota dijo: acusas todos los síntomas de tener novia joven».

Y en esas frases están las cinco: Regina, Ana, María Angélica, Cecilia y Carlota, y esta novela es fascinante mientras Adriano nos va presentando sus distintos amores, la perfecta construcción de las personalidades de sus mujeres, sus conceptos sobre el amor, la fidelidad y la infidelidad, la felicidad y la infelicidad, pero sin embargo, la novela se rompe en el momento en que para mi la historia deja de ser creíble. Dice Vargas Llosa en sus «Cartas a un joven novelista» que en la novela los temas en sí mismos nada presuponen, pues serán buenos o malos, atractivos o aburridos, creíbles o no creíbles, exclusivamente en función de lo que haga con ellos el novelista al convertirlos en una realidad de palabras organizadas según cierto orden. Y yo personalmente, en “Las Mujeres de Adriano”, no me creí el momento en que el protagonista es capaz de compaginar, durante el periodo cuarentón de su vida, el amor conjunto (y el sexo) de sus cinco mujeres al mismo tiempo. Una lástima, porque ese hecho me sacó de lo que estaba siendo una maravillosa novela y me hizo levitar unas ochenta páginas hasta  volver a recuperar fuerza al final, cuando Adriano se reencuentra con sus amores de antaño (siempre me han apasionado esos reencuentros de viejos amores o de viejos amigos) y regresa a la credibilidad el ingenio, la perspicacia y los buenos diálogos que desarrolla Aguilar Camín.

Es cierto que Adriano cuenta con unas características que lo predisponen a ser un personaje individualista: huérfano, sin familia (aunque éstas pudiesen haber ocasionado el efecto contrario), y estéril. Pero aprovechando a Adriano y aprovechando parte de la trama de esta novela, ¿es el hombre, es el mamífero macho, es el oso pardo individualista que sólo busca hembra para su apareamiento capaz de vivir, sin engaños y sin ambages, con una misma pareja  toda la vida? Es cierto que la pregunta es un tanto animal y machista, pero en la multitud de respuestas en un sentido o en otro, en la multitud de posibilidades, esta novela ofrece (a pesar de romperse durante una buena parte de la misma) unos cuantos y palpables razonamientos.

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