La lección bien aprendida

Todo vuela
Todo vuela

Carmen de la Rosa, “Todo vuela”

Yo ya conocía a Carmen de la Rosa de nuestra época del taller con Jorge Eduardo Benavides, incluso compartimos una publicación en el concurso de relato corto de Cajacanarias en 2002: yo fui el primer premio y ella el accésit, pero recuerdo que al leer su cuento me dije que cómo era posible que no lo hubiese ganado ella… Así que no sé por qué me sorprendo, después de la agradable presentación que hicieron Elsa López, Paco Pomares y Alberto Omar, y conociendo cómo escribe Carmen de la Rosa, estaba dentro de lo normal que hubiese empezado a leerme “Todo vuela” el mismo día nada más llegar a casa, aunque fueran las once y media de la noche de un viernes y estuviese medio muerto. Pero quizás no estaba dentro de lo normal que me obligase a levantar a las siete de la mañana para acabarlo (¿me obligué yo o me obligó el libro?), a las nueve ya lo había terminado, pasé todo el fin de semana con los protagonistas rondándome en la cabeza: Elvira, Amelia, Dani (magistral el cuento de Dani), el señor Cerezo…

¿Qué es lo que importa? ¿Qué es lo que más nos importa en esta vida corta y larga, monótona y apasionante? ¿La familia?, ¿los amigos?, ¿el trabajo?, ¿la casa?, ¿las cosas materiales?… ¿el amor?, ¿sentirnos queridos o no? El amor es lo que más importa a casi todo los personajes de “Todo vuela”, y más que el amor en sí, alcanzar el amor, llegar a él en la medida en la que lo que más se nos resiste es lo que más echamos de menos… ¿Por qué se le resiste el amor a Amelia?, ¿por qué a Joan?, ¿por qué al señor Cerezo?… En definitiva, alcanzar el amor, personajes que sin amor no son nada, o si lo son, incompletos (o al menos ellos se sienten así).

Quizás hasta aquí no esté diciendo nada extraño, el amor es el tema de casi todas las novelas, de casi todas las canciones, de casi todos los poemas, de casi todas las películas, el amor, el amor, siempre el amor… Pero ¿qué es lo que provoca que este otro libro de amor me haya hecho despertarme varias veces (cuánto se echa de menos a Dani, ¿cuándo decidió volver el señor Cerezo?)  durante la noche? La respuesta a esta pregunta es bien clara: la manera en la que está contado, o más bien en la que no está contado, porque es lo que no se dice, sino lo que se intuye, sino lo que se insinúa, sino lo que se entrevé, lo que le da brillo a estos maravillosos cuentos de Carmen de la Rosa. Y claro, me viene a la cabeza el mundo del taller, las lecciones bien aprendidas y perfectamente maduradas en este libro de apenas cien páginas: cada cuento tiene dos historias, la que se ve y la que no, el consabido iceberg, la oculta es la más demoledora. Las novelas ganan por puntos, decía Benavides, y como decía Benavides estos cuentos de “Todo vuela” ganan por cao. Las imágenes, los símiles (los deditos de Dani transparentados en el vidrio de la puerta como gusanos de seda que reptaran cristal arriba), el tiempo de los diálogos… todo es bueno en todo vuela.

“Todo vuela” son cinco relatos entrelazados que bien pudieran ser una pequeña novela. El primero quizás no lo podamos considerar como cuento, no tiene un final preciso sino que deja la puerta abierta (aquellas palabras rebotaron en mis sesos, Amelia darling, Amelia darling, Amelia darling, hasta extinguirse, igual que las ondas que una piedra levanta en la superficie de un estanque) y deja paso a tres cuentos magistrales, pero magistrales de verdad: Amelia, una mujer sensible, debilitada por el amor y fuerte por su experiencia. Elvira, otra mujer, emuladora de la versión más machista del mundo masculino. Y el señor Cerezo, el hombre de la pajarita azul cobalto, el amante amnésico que lloraba de niño a escondidas en el armario del recibidor sin saber muy bien por qué. Y en el quinto y último cuento otro de sus protagonistas: esa versión machista del mundo masculino pero esta vez desde el punto de vista de un hombre, y que siendo también un buen cuento quizás no llegue a la intensidad de los tres anteriores precisamente por eso, porque es más banal ese mundo masculino del que habla, mucho más superficial que la profundidad que abordan los otros tres.

Recuerdo que en el taller siempre se decía lo difícil que es conseguir un buen relato, pues en esa dificultad Carmen de la Rosa en “Todo vuela” nos consigue emocionar con unos cuantos de ellos.

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