La literatura siempre subjetiva

La última nocheJames Salter, La última noche

Termino de leer los cuentos de James Salter “La última noche” y quedo desconcertado, ojeo de nuevo sus páginas, miro la portada, releo la contraportada, su tacto suave, su tamaño adecuado, lo manipulo entre mis manos, un libro es un objeto precioso ¿verdad?, cuando uno lo elige y lo lleva consigo tiene la certeza de que va con algo más que con un simple objeto, un libro un amigo, reza la publicidad de la librería La Isla, definitivamente cierto. James Salter llegó a mi en uno de esos esfuerzos que un trabajador que se levanta todos los días a las siete de la mañana tiene que hacer los jueves para quedarse a ver en la tele el programa de Javier Rioyo, Estravagario (ya cerca de la una de la madrugada en Canarias, una hora más tarde en la península), el otro día un escritor de Palma de Mallorca que no recuerdo el nombre lo recomendó como los mejores cuentos que había leído en muchos años. Normalmente ese tipo de recomendaciones tan categóricas realizadas en ese contexto de literatura me llaman la atención, así que al día siguiente fui a la librería y lo pedí, en la banda roja que lo envuelve: “El regreso de James Salter”, y toda una serie de críticas espeluznantes realizadas por los periódicos más internacionales…

No sé si les ocurre a ustedes, pero yo, cuando me compro un libro nuevo, siempre estoy pendiente del momento adecuado para empezar a leerlo, como si ese momento se preparase con ilusión, como cuando de chico te vestías con tus mejores galas porque ibas a acometer el importante hecho de coger un avión: los tenis nuevos, los vaqueros nuevos, los trece años y la camisa de surf, vamos Papá, que llegamos tarde al aeropuerto (un día escribiré sobre esto). Bueno, pues ahora con treinta y ocho ya, aprovechando que esa tarde iba a estar sólo en casa, nada más llegar me cambié, me puse ropa cómoda, arregle los papeles desordenados de la mesilla del “living” (como diría Benedetti), me semiacosté sobre el sofá de tres plazas, y encendí la luz de pie enfocando hacía las páginas del libro: los primeros cuatro cuentos me los leí de un tirón. Cuando hice una pausa ya se había hecho de noche, frente a mi la puerta corredera de cristal de la terraza, a través de ella las luces de la noche sobre la oscuridad, las sombras del salón de mi casa, en una esquina del cristal el reflejo de la luz de pie y el rostro claroscuro de un hombre que lee, ¿acaso era yo el protagonista?

Pero no sé si me han terminado por gustar los cuentos de Salter, interesantes sí por supuesto, pero ¿tanto como para recibir esas memorables críticas que aparecen en la banda roja que rodea al libro? No lo sé. Hay mucha gente que no les gusta eso de asistir a un taller literario porque alegan que predirigen hacía una determinada forma de escribir, y argumentan que la escritura debe ser un ejercicio abierto y no influenciado por un profesor y sus gustos personales. Probablemente estén en lo cierto en cuanto a que el taller literario apunta en una dirección, por supuesto en la escritura, quizás también en las lecturas, ¿y por qué digo esto?, porque acabó de terminar de leer los cuentos de Salter y también hace unas semanas los cuentos de Carmen de la Rosa, y puedo afirmar que los cuentos de Todo Vuela de mi compañera de taller me han llegado mucho más. «Cuentos magistrales» pone en la contraportada del libro de Salter, «magistrales» es la palabra que yo utilicé en este blog para definir los cuentos de Carmen de la Rosa, y sin embargo los de Carmen de la Rosa, sin ser todavía  nadie en la literatura, sin recibir ninguna crítica espeluznante, me llegaron y me identificaron mucho más ¿quizás porque el taller nos haya premeditado a ese tipo de lecturas, a esa determinada forma de escribir? No lo sé, tendré que ir averiguándolo.

No obstante sí me han parecido interesantes los cuentos de “La última noche”, el estilo es completamente distinto al que nos han enseñado y a lo que yo, y los compañeros descendientes del taller escribimos. Salter utiliza un estilo de frases cortas, de enormes silencios, de bruscos cambios de tiempos, de párrafos en teoría sin sentido, de hechos que se suceden de repente a mitad del cuento sin que el lector acabe de comprender bien porqué (incluso despistándolo) pero que adquieren forma al acabarlo, en el conjunto, como si mirásemos un cuadro a escasos centímetros sin interpretar lo que conforma una pincelada pero al retirarnos unos metros cada pincelada individual configura la imagen del cuadro, que al final nos puede gustar o no.

Me llama la atención los personajes de la “Última noche”,  todos sobre parejas rotas, todos soledad, todo inconformismo, todo la aparición de una mujer o un hombre nuevo que tambalea los cimientos de la pareja anterior, y después el paso de los años, la añoranza de lo que se tuvo, el sentimiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Cuentos que te dejan sin aliento, como “Contigo, mi señor”. Cuentos que cuando los terminas y te ves reflejado entre luces y sombras en el cristal de la puerta corredera del salón de tu casa debes detenerte un instante para digerir bien lo que acabas de leer, como “los ojos de las estrellas” o “cometa”, “platino” o “palm court”. Cuentos más obvios que parece que desmerecen en el conjunto como “el don”. O cuentos como el último y que da título al libro “La última noche”, definido por un tal Frank Conroy como obra maestra, y que estando bastante bien,  lo fastidia y lo echa a perder el autor con un párrafo final que, bajo mi punto de vista, descaradamente sobra, ¿cómo es posible semejante error? La literatura siempre subjetiva.

Pues esto han sido los cuentos de James Salter, después de habar leído este blog ¿que les parece?, ¿les han entrado ganas de leerlos?, ¿si o no?

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