Cartas a un joven novelista

Cartas a un joven novelista
Cartas a un joven novelista

Mario Vargas Llosa

Uno deja de ser oficialmente joven a los 26 años, al menos es esa la edad límite para obtener el carné joven que en mi caso me permitía ciertos descuentos en los billetes de avión. Me imagino que ahora ya no será posible el engaño, y renovar el carné aún pasado esa edad presentando como justificante una matrícula manipulada de la Universidad (bastaba con ser todavía estudiante): la fotocopia de un papel de calco amarillento en donde aparecían los apellidos de mi hermano pequeño, un poquito de goma, un poquito de creyón, y podías así prolongar un año más esa juventud administrativa y obtener en los billetes de avión tus últimos descuentos. Bueno, supongo que esa trampa ya no será posible y uno deja de ser oficialmente joven a los 26. Aunque también existen otros sistemas de medición en función de la institución o la comunidad que juzgue la juventud de las personas. Los becarios son jóvenes y pueden ser becarios hasta los 30, los escritores hasta los 35, los empresarios hasta los 40, los deportistas dependiendo de su especialidad, y cada persona individual hasta que así lo sienta, ser joven siempre que le de la gana; o es una estupidez esta última frase, ¿es que acaso hay que ser joven siempre?, ¿qué es ser joven?

Yo tengo 38, así que como escritor ya dejé de ser joven (y no sólo como escritor, sino también como otras muchas cosas más —cuando tenga cincuenta me parecerá otra estupidez leer esta última frase que acabo de escribir—), así que igual el libro de Vargas Llosa que acabo de leer, «Cartas a un joven novelista» no iba dirigido a mí, y sin embargo cuenta cosas con las que me siento completamente identificado. Entresaco de los primeros capítulos una especie de «decálogo de la escritura según Vargas Llosa»:

1. Quien vea en el éxito el estímulo esencial de su vocación fracasará en el intento.
2. El escritor siente que escribir es lo mejor que le ha pasado, sólo escribiendo se    sentirá realizado.
3. El punto de partida en la vocación de escritor es la rebeldía.
4. La ficción es una mentira que encubre una profunda verdad.
5. El escritor vive para escribir, escribir es una dedicación exclusiva y excluyente.
6. No existe la inspiración o el talento, sino la disciplina y la perseverancia.
7. La raíz de todas las historias es la experiencia de quien las inventa, no significando esto que todas las historias sean autobiográficas.
8. El escritor no elige sus temas, es elegido por ellos. Escribe sobre ciertos asuntos porque le pasaron ciertas cosas.
9. El punto de partida del novelista es lo vivido, que no es el punto de llegada: lo vivido se transforma, se enriquece, se mezcla, se inventa y se manipula hasta adquirir vida propia.
10. Los temas en sí nada presuponen, serán buenos o malos, atractivos o aburridos, en función de lo que haga con ellos el escritor.

Así que estoy completamente de acuerdo con ese decálogo, y también con el resto de los capítulos del libro en los que habla de la persuasión, del estilo, del narrador, del espacio, del tiempo,  de la realidad, de las mudas, y también de ciertos trucos: las cajas chinas, el dato escondido y los vasos comunicantes. Y hablando de los vasos comunicantes me he vuelto a acercar a Cortazar, a los primeros cuentos que leí con veinte años gracias a los talleres a distancia de la libreria Fuentetaja, cuando no existía internet y todo se mandaba en unos paquetes enormes que llegaban a casa por correo. Volví a leer hoy a Cortazar: «La noche boca arriba», «El ídolo de Las Cícladas», los vasos comunicantes de esos magníficos cuentos, y según avanzo en la lectura reconozco en frases suyas, en giros suyos, estilos que creo que yo también utilizo (con menor acierto probablemente); pero dice Vargas Llosa en sus cartas a los jóvenes novelistas (entre los cuales definitivamente me incluyo), que no se imite a los escritores que admiramos, que hay que luchar por tener un estilo propio, pero ¿es eso posible?, ¿sobreponerse a todas las influencias y ser de verdad original? Vargas Llosa dice que sí.

Por último añado, al decálogo anterior, el punto 11 que también extraigo de sus cartas:

11. Lea muchísimo, porque es imposible tener un lenguaje rico y desenvuelto sin leer abundante.

Quizás de los once puntos sea el único que también sirve de recomendación para todos aquellos que no quieran ser ni sean escritores. ¿Y por qué digo esto?, porque el otro día venía de Madrid, ahora ya esos vuelos (sin descuento) se me hacen cortos, dos horas y media en las que nada te molesta y tienes todo ese tiempo para leer, ¡qué maravilla! Me encanta volar, cuanto más largos los vuelos (siempre que sean diurnos) mejor. Siempre en cada viaje toca una vez en la que vas al baño, y avanzando por el pasillo divisas al resto de los pasajeros que van sentados, qué tiempo magnífico para leer y sin embargo, apenas son unos cuantos, contados con los dedos de las manos, los que leen un libro. Siempre que vuelo me fijo en lo mismo y siempre obtengo el mismo resultado. Dicen las estadísticas que el 50% de los españoles lee, igual es que los que leen no viajan en avión, qué funesta esperanza para los jóvenes novelistas a los que anima Vargas Llosa. Aunque seamos optimistas y acabemos con lo que dice Iwasaki: nunca en este país se leyó más. Ojalá sea cierto.

Julio Cortazar
Julio Cortazar
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