Aplaudir en los autobuses mágicos

 

Avion1¿Es viejo o antiguo?

Recuerdo viajar en avión desde siempre, desde que vivíamos en Algeciras y todas las navidades y todos los veranos veníamos a pasar las vacaciones a Tenerife. Por ese entonces viajar en avión no era como ahora, a mediados de los setenta la emoción casi ni nos permitía dormir la noche anterior porque al día siguiente volábamos, mi padre preparaba una maleta enorme, hoy antigua, de cuero marrón, casi de emigrante, y los tres niños  nos subíamos encima para que se pudiera cerrar bien, aquellas tiras de cuero a modo de cinturón, que mi padre se afanaba en estirar al máximo para que la hebilla pudiese alcanzar al menos el primer agujero. En el autobús que conduce al avión (nunca he sabido por qué a esos autobuses los llaman jardineras) papá nos daba las instrucciones: había que salir corriendo porque los asientos no eran numerados y reservar, con las raquetas de tenis de madera marca Donay, los asientos de la primera fila de clase turista, que eran los que él prefería porque delante no tenían sillones sino una mampara y por tanto un poco más de espacio para las piernas. Así que cuando se abrían las puertas de la jardinera, los tres niños salíamos disparados con las raquetas en la mano y cuando el resto de pasajeros empezaban a entrar ya estaban las raquetas ocupando los reposabrazos de la primera fila, esperando a que llegase después papá y mamá con alguno de los pequeños en brazos. Después pasaba el vuelo (que no recuerdo cuantas horas duraba), y como era de rigor, cuando el avión tocaba la pista de aterrizaje, todos los pasajeros aplaudíamos; por supuesto aplaudíamos por aterrizar, pero también porque unos minutos más tarde nos encontrábamos con los abuelos, con los tíos, con los primos, que nos iban a buscar al aeropuerto de Los Rodeos en aquella época en la que coger un avión, o que llegase alguien en avión, era todo un acontecimiento.

Por ese entonces no podía prever cual sería mi relación futura con los aviones, con esos aparatos maravillosos, no máquinas del tiempo pero sí del espacio, que en cuestión de horas te trasladaban a otra ciudad, a otra cultura, a otro lugar completamente distinto, a otra realidad de ti mismo, a otro estado personalísimo donde observar, donde comparar, donde absorber todo lo visto, masticarlo, digerirlo hasta desmenuzarlo de tal manera que penetraba, que penetra en tus venas, y por ellas y a través de ellas, distribuyéndose por todo tu cuerpo, para quedarse ya dentro como un virus benigno, como una parte más de ti por siempre e inseparable. Y esa fue mi relación con los aviones, con los viajes, desde los dieciséis años a América, a Europa, a África, a Asía y Oceanía, desde los dieciséis años hasta la actualidad, despegando y aterrizando pero ya de una manera distinta a aquellos primeros años de los setenta, con una madurez distinta, primero supuesta, después real, una madurez y una experiencia que te hacía avergonzarte cuando a alguno de los pasajeros se le ocurría aplaudir nada más aterrizar. Aplaudir en los aviones se convirtió en una catetada, en una magada, en una horterada, nunca aplaudirías en un avión y tampoco permitirías que cualquier amigo con el que viajases lo hiciese.

Y sin embargo tienen magia los aviones, a pesar de que uno esté tan acostumbrado siempre la percibe de alguna manera, salir de tu mundo acomodado y facilón y aterrizar de repente en Dakar, pasear por el aeropuerto de Charles de Gaulle destino Yerevan y observar toda esa mezcla de razas en el aeropuerto, toda esa gente de mundos tan distintos, de pensamientos, de prioridades, de necesidades y sentimientos tan distintos que de repente aparecen por diferentes puertas para encontrarse todos en cualquier sala de un aeropuerto, en Madrid, en Sidney, en Singapur o en Nueva York.

Tienen magia los aeropuertos y tienen magia los aviones, hace unos días volaba para París, antes de subir al avión, en las pantallas donde compruebas las puertas de embarque, pude observar  que se trataba de un vuelo de código compartido: Iberia, LandChile, Mexicana; cuando ya estaba sentado fui identificando a los pasajeros según venían entrando, los que llegaba de Santiago o los de DF, nada más fueron apareciendo los distinguí, resultó que algún@s se sentaron alrededor mío, con sus acentos, con sus rasgos, con sus anécdotas, con sus necesidades, personas tan lejanas que de repente estaban codo con codo sentadas junto a mi en un avión, hoy también es más difícil hablar con tu vecin@ de asiento (estamos menos dispuestos) pero si lo hicieras, quién sabe…; no sé, quizás a muchos les resulte indiferente, a mi sin embargo me llama poderosamente la atención.

Hace ya unos meses que me estoy planteando si aplaudir de nuevo en los aviones, parece mentira pero todavía en muchos vuelos se sigue aplaudiendo al aterrizar, pero últimamente ya no lo observo con estupor, sino con familiaridad (en España se aplaude más en Spanair y en Aireuropa que en Iberia, que apenas se aplaude a nos ser que vuele un viaje del Inserso —no de estudiantes que ya les da vergüenza aplaudir—), y digo con familiaridad porque me está dando la impresión de que aplaudir en un avión está pasando de viejo a antiguo, de algo desfasado a algo ya tradicional, bonito, sincero, espontáneo, la gente se alegra de llegar sana y salva a alguna parte y por tanto aplaude. En el mismo vuelo a París del otro día una niña de no más de cuatro años sentada tras de mi me dio la clave, papi —dijo—, que chuli este autobús mágico, el padre se sonrió por la ocurrencia de su hija y yo me quedé pensando, es cierto, qué magia tienen los aviones, ¿no merece esta mágica magia un buen aplauso?

Ahora resulta que me encanta que la genta aplauda en los aviones, aunque sólo aplaudan por llegar sanos y salvos y quizás muchos no sean conscientes de lo otro, de la magia, pero me da igual la razón por la que lo hagan; yo tengo la mía, aunque no sé si mi pudor me permitirá  aplaudir alguna vez… Así que mientras eso llega o no, este que escribe les desea un buen viaje…

 

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