¿Qué puede aportar África a la sociedad occidental?

África en auxilio de Occidente
África en auxilio de Occidente

Debemos vivir como africanos, es la única manera de vivir libres y de vivir con dignidad (Thomas Sankara)

¿Y si África rechazara el desarrollo?, es el título de uno de los libros a los que constantemente acude Anne Cécile Robert en los pie de página de su ensayo “África en auxilio de occidente” (¿Y si África rechazara el desarrollo?, Et si l’Afrique refusait le développement –desgraciadamente no traducido al castellano como casi todo lo de África-) ¿Alguna vez nos hemos hecho esa pregunta, que África rechazara el desarrollo, que África no quisiera desarrollarse?, pocas veces ¿verdad?, probablemente ninguna, y tampoco creo que Axelle Kabou (el autor de ese libro) o Anne Cécile Robert (la autora de éste que comento hoy) realmente se lo pregunten. Quizás la pregunta sea otra, parecida en las palabras, pero muy distinta en el significado, ¿Y si África rechazara el desarrollo que le es impuesto?, más bien creo que esa es la pregunta que se plantean estos dos autores y uno de los argumentos principales de este interesantísimo libro de Anne Cécile Robert: “África en auxilio de occidente” (en editorial Icaria Antrazyt).

Anne Cécile Robert parte de la base de que la globalización liberal de nuestra época no es sino otra forma de colonialismo, de imposición, y para ello esgrime todos los habituales argumentos antiglobalizadores: los criterios del Banco Mundial, del FMI o la OMC, los programas de ajuste estructural, la política agraria del norte, unas normas de liberalización comercial que no respeta las reglas del judo, es decir, que permite participar en un mismo combate pesos pesados contra pesos pluma (Nikonoff), el problema de la deuda, unas inversiones extranjeras de multinacionales que exportan las materias primas dejando apenas las migas en la economía local, etc., etc. En definitiva, según la autora, se trata de una imposición del sistema occidental sobre unas sociedades africanas a las que nunca se las ha tratado de tú a tú, sino a las que se le obliga, bajo la contraprestación de una ayuda económica o humanitaria, a acometer lo que Occidente considera que es provechoso para África (y por tanto, también provechoso para Occidente mismo).

¿Pero es que acaso, entre adultos autónomos y soberanos, funcionan las cosas así?, ¿que uno se imponga a otro?, ¿o no es más lógico que entre los dos exista un diálogo basado en la igualdad y el respeto mutuo? No rechaza la autora la necesidad de una ayuda Norte-Sur (sí a la manera de la globalización neoliberal lógicamente), no se plantea siquiera si fue positiva o negativa la época de las colonizaciones, reniega incluso de las reparaciones solicitadas por los africanos a Occidente como forma de compensar las barbaries de la esclavitud; simplemente (y no tan simplemente, el libro desarrolla muchísimos interesantes argumentos que no voy a comentar en este artículo porque se haría demasiado largo) Cécile Robert habla de superar el pasado; y también, de un encuentro de culturas (con sus aspectos positivos y negativos) y que en ese encuentro las culturas africanas (al igual que las occidentales), tienen mucho que decir, sobre todo en las formas de desarrollar África teniendo en cuenta sus propias especificidades, es decir, teniendo en cuenta su propia cultura.

Profundizando en esta cuestión, la autora realiza también una reflexión sobre las aportaciones que África podría aportar a las sociedades occidentales, y precisamente es eso lo que me interesaba contar hoy, ahí van a grandes rasgos (aunque aconsejo leer el libro en donde cada argumento aparece perfectamente razonado):

Las relaciones sociales: cada vez que vamos a África nos tiramos de los pelos por la extrema lentitud de los africanos en cualquier cosa, sobre todo en el trabajo, pero el trabajo en África no está separado de su función social y de una visión de la sociedad que no está exclusivamente basada en la acumulación de bienes. En África, el éxito individual o el resultado de una acción, está subordinado a sus contenidos en términos de relaciones sociales, lo que prima es la calidad de los intercambios interpersonales y por eso en todas sus actividades se toman el tiempo para conversar e intercambiar. El valor de un acto económico se mide por el refuerzo de los lazos que produce en el seno del grupo.

La colectividad como base social: en relación con lo anterior la base social en África es el grupo, frente al individuo en Occidente. Es el grupo lo que importa, la familia en general, los vecinos, el clan. Todos se afanan en dar seguridad al grupo, y las personas que más tienen comparten con los otros de su grupo por encima de su beneficio individual: la vida en grupo constituye unas obligaciones permanentes que se deben asumir.

El sentido de hospitalidad es un valor fundamental en las sociedades africanas, el extranjero es visto como un aporte y no como una carga.

Armonía con la naturaleza: la búsqueda de la armonía con los demás, con la naturaleza, con los animales, constituye una preocupación esencial que cuenta numerosas prácticas sociales en África. Las civilizaciones africanas incitan al hombre a reflexionar antes que a alterar el orden de las cosas, antes de modificar y de tratar de controlar la naturaleza con los resultados a veces desastrosos que conocemos.

La falsa pobreza: en África es pobre quien está aislado, quien no tiene parientes ni amigos, aquel que no está insertado en una comunidad humana, que no puede contar con ningún apoyo social. La riqueza corresponde más a un concepto de acumulación de lazos sociales que de acumulación económica.

La palabra: la palabra representa un papel esencial en la sociabilidad africana, la mayoría de las sociedades tradicionales no conocían la escritura y el verbo tenía la función de transmisor y de vehículo principal del lazo social. La palabra se basa en el respeto al otro, la función del oyente es tan valorada como la del que habla, el diálogo cumple una función cardinal de lazo social que asegura el consenso y la homogeneidad del grupo. Los viejos son considerados depositarios de sabiduría y son puntos de referencia respetados. Muchos investigadores piensan que aún no se ha explotado la importancia de la palabra en África en la organización y la conducción de las instituciones del Estado.

Y hay otros argumentos que esgrime este libro (que se me hace difícil resumir en un breve párrafo), relacionados con  la creatividad social que se desprenden del apaño, de la economía informal y de la capacidad para reciclar lo exterior sin desconectarse de sus propias tradiciones, o una espiritualidad africana por la cual se afrontan emociones y sentimientos de una forma más serena que las sociedades occidentales. ¿No son acaso estas cuestiones aportaciones interesantes (y porqué no vitales, algunas contrapuestas) de las sociedades africanas en su encuentro cultural con Occidente?

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