La otra África

La otra África
La otra África

Las orejas diminutas y la boca enorme de los blancos

Un mito africano presenta las relaciones entre el blanco y el negro como un diálogo de dos máscaras, la máscara del blanco tiene unas orejas diminutas y una boca enorme, la del negro tiene una boca pequeña y grandes orejas, esta es una de las ideas que quiere transmitir Serge Latouche en este interesantísimo ensayo «La otra África, autogestión y apaño frente al mercado global» en el que aboga por un replanteamiento absoluto entre las relaciones África-Occidente.

No es fácil entender a Latouche, para ello el hombre blanco (probablemente no todos, o sí) debería (deberíamos) realizar una especie de ejercicio espiritual con el objetivo de dejar apartado en algún lugar de nuestro cerebro una serie de conceptos existenciales con los que nos menajamos desde que nacimos: por ejemplo, que puede que la riqueza no signifique acumulación monetaria o material sino calidad en las relaciones sociales. Al menos eso es lo que ocurre en África (en muchas lenguas africanas la palabra pobre quiere decir huérfano) y por eso los occidentales nos sorprendemos tanto cuando vamos allí, qué poco tienen y qué felices son —comentamos siempre asombrados al regreso—, y no acabamos de entender (y ni siquiera se nos ocurre plantearnos) que su felicidad no proviene ni se genera por la tenencia o acumulación de objetos materiales, sino por su pertenencia integral a un grupo y por la calidad de las relaciones sociales con el mismo.

Serge Latouche ataca al África oficial, ataca el hecho de que se haya impuesto la creación del concepto de Estado en unas culturas donde el Estado, según el autor, no funciona: el esfuerzo de crear el Estado en África no ha cuajado, todo el libro es un ataque la occidentalización como proyecto económico, político y social universal: el modelo de desarrollo occidental es reproducible, pero no universal. Y bajo esta idea critica a todo lo que sea oficial: critica a los estados africanos, a sus clases dirigentes, critica a las instituciones occidentales que pretenden imponer su modelo en África, critica a los economistas empeñados en cuantificar todo —cuando en África muchas cosas no son cuantificables en parámetros economicistas—, critica a los africanos formados en occidente y critica incluso a las ONGs, todos personas o instituciones con criterios occidentales que pretenden imponer en un continente donde esos criterios no funcionan (y de ahí las consecuencias dramáticas de la realidad africana en lo que se ha denominado afropesimismo y con el que Latouche empieza el libro).

Y bajo esa expansión de la occidentalización tan errónea para el autor aparece el concepto de los «náufragos del desarrollo», es decir, los excluidos de la occidentalización y que sin embargo salen adelante, que no sólo no desaparecen, sino que se multiplican, condenados a organizarse bajo otra lógica, bajo otro sistema de vida que es la «economía informal», una aeconomía que en África está basada en lo social, en las relaciones con la familia, las amistades, los vecinos, la religión, con la obligación de dar y compartir, recibir y devolver, entre los hombres y los dioses, entre los vivos y los muertos, entre los padres e hijos, entre los jóvenes y los viejos, entre todos ellos las prácticas milenarias de la negociación, el regateo, la donación, el intercambio… Y para mostrarnos cómo funcionan estas economías informales Latouche realiza un interesante trabajo de investigación en donde analiza tres comunidades distintas: un poblado de herreros en la ciudad de Kaedi (Mauritania), el influjo de la brujería en Duala (Camerún) y la aeconomía del barrio del Grand-Yoff en Dakar (Senegal).

Intentaré realizar el complejo ejercicio de resumir el ejemplo de Dakar en tan solo un párrafo. Latouche  analiza como exitosa los resultados de esa economía informal que no define como una economía en sí, sino como una sociedad. Cada comerciante tiene a sus agrupados, que pueden ser unos centenares de personas entre hijos, familiares, vecinos, personas a las que se les hace un favor, etc. Los pequeños comerciantes (peluqueros, transportistas, vendedores ambulantes, panaderos, gasolina sin impuestos, ropas importadas clandestinamente, casetes piratas, hurtos reciclados, cargamentos desviados) conocen a sus agrupados y las historias personales de cada uno (siende esto el verdadero capital que entra en el comercio social), así que entre los agrupados se puede vender cobrando cuando se pueda, prestar devolviendo cuando se pueda, en un mercado que es una clientela específica de agrupados y no un mercado sometido a leyes de la oferta y la demanda. En la negociación se tiene en cuenta el peso social, y el precio acordado incluye el valor de la mercancía y los favores devueltos. Además, los niveles de precios son increíblemente bajos, lo que garantiza que gente con recursos bajísimos puedan devolverlos, porque los náufragos del desarrollo del Grand-Yoff en Dakar no se guían por unos cálculos de máximos y mínimos, sino por lo que Latouche denomina «la economía del afecto» en donde los encuentros, las visitas, las recepciones, las charlas toman un tiempo considerable; prestar, deber, dar, recibir, ayudar, pasar un pedido, entregar, ocupan una parte importante del día además de la fiesta, el baile, las bodas, los bautizos, el ramadán… Se trata de una economía (o una aeconomía) no cuantificable desde el punto de vista occidental pero que, según el autor, funciona en los suburbios de Dakar. No es tampoco, aclara Latouche, esta aeconomía, un paso previo a la llegada del desarrollo, es decir, un tipo de comercio que evolucionará cuando la economía formal se instale; normalmente las acciones llevadas a cabo por instituciones y ONGs en aras de profesionalizar el sector buscando una mayor eficiencia y racionalidad económica fracasan, se trata simplemente de la manera de funcionamiento africana, desde luego irracional con el punto de vista occidental.

Termina Latouche preguntándose si se debe ayudar a África, para ello define «ocuparse del otro» como un rasgo típicamente occidental que comporta muchas ambigüedades, para el autor la ayuda actual que recibe  África la ahoga y la hace sobrevivir al mismo tiempo, prolonga definitivamente su agonía y corrompe la otra África, la que no es oficial (¿quizás ya demasiado tarde?, las pateras siguen llegando y probablemente muchos pertenecientes a esa aeconomía). Ayudar a la otra África, continua Latouche, pasaría más bien por autolimitar nuestras sociedades del norte, por un cambio profundo en nuestros modelos y un cuestionamiento del desarrollo, que por la injerencia humanitaria. Ayudar a África pasa también por tener algo que pedirles, por ejemplo ayuda para resolver nuestros problemas materiales, sociales y culturales; si consideramos a África pobre es porque nosotros somos ricos, pero en cambio el continente africano todavía es rico en lo que nosotros somos pobres (vease «África en auxilio de occidente», de Anne Cécile Robert, comentado en este mismo blog), por eso ayudar a la otra África, termina el autor, significa (aparte de una cuestión hipercompleja) establecer un diálogo en el que las partes actúen con la boca y las orejas del mismo tamaño.

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