¿Se olvidó de algo Kapuscinski?

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Ébano

«¿La imagen de África que se ha forjado Europa? Hambre, niños-esqueleto, tierra tan seca que se resquebraja, chabolas llenando las ciudades, matanzas, el sida, muchedumbres de refugiados sin techo, sin ropa, sin medicinas, sin pan ni agua.» Extracto de la Página 241 de Ébano, de Ryszard Kapuscinski, editorial Anagrama.

No ayuda mucho Kapuscinski a corregir esa imagen a lo largo de su interesante recorrido por África, interesantísimo, pero también por ciertos motivos ―quizás demasiado personales ―, tal vez un poco decepcionante. No es mi interés polemizar sobre uno de los libros clásicos sobre África, menos sobre un autor de culto como es Kapuscinski, pero ha habido un par de detalles a lo largo de esta «novela, testimonio, diario»  que no me han gustado. Primero la nota del autor «De manera que este no es un libro sobre África, sino sobre algunas personas de allí, sobre mis encuentros con ellas y el tiempo que pasamos juntos», leyendo posteriormente los diferentes capítulos no llego a la conclusión de que sea un libro sobre algunas personas de allí, por las que Kapuscinski pasa casi de puntillas, sí cuenta sus encuentros con ellos, pero, bajo mi entender, siempre desde su punto de vista, sin acabar de profundizar en esas personalidades. Kapuscinski nos narra sus encuentros con ellos, o utiliza los encuentros con ellos para contarnos sus aventuras, su intento de huída en barca de Zanzibar, o su pérdida en el desierto de Mauritania. Más adelante un detalle que tampoco me convence, página 315, en Nigeria, cómo describe un acto decepcionantemente mercantilista al comprar la sonrisa y la hospitalidad de su guía. No sé, leyendo este ensayo, una especie de sexto sentido me dice que, a pesar del impresionante trabajo, hay algo que no me ha terminado de gustar.

Desde luego que esta opinión personalísima no debe desmerecer en nada el  trabajo de Kapuscinski: su manera de viajar evitando las rutas y lugares habituales, su mirada distinta, su pregunta constante, su introducción histórica, su preocupación por reflejar ciertos aspectos de las culturas locales. El reportero por excelencia, dispuesto a lanzarse como sea allí donde cree que está la noticia. De esta forma Kapuscinski realiza un recorrido por todas las «noticias» de África y nos las describe con fiereza, lástima que los medios de comunicación sólo nos transmitan esa imagen de África, la que nos describe Kapuscinski en Ébano, sacando a relucir toda la mierda de África: guerras, mutilaciones, despojos, desesperación, huérfanos, sequía, ratas, cucarachas, barro, socavones, chabolas, corrupción, basura, malaria…

Y todo eso es cierto, es verdad, ha sucedido, sucede y hay que contarlo; pero no es lo único. Hace un par de días me encontré con un conocido por la calle, me preguntó, ¿tú debes conocer a Kapuscinski? Sí, claro ―respondí―, ¿por? Es que hace tiempo que quería leer algo sobre África, porque no entiendo muy bien lo que está ocurriendo, me leí Ébano: impresionante. Y es verdad que Ébano es impresionante, pero me aterra que sea la única lectura de este conocido, o de otros. Ya lo sé, es cierto, no basta con una lectura para conocer, es normal que al contar se elija un punto de vista o un determinado aspecto, pero esperaba algo más de Kapuscinski, y no basta con el último capítulo, la lectura de los anteriores es, simplemente, demoledora. ¿Acaso se olvidó de contarnos algo más?, ¿dónde está la esperanza que también existe en África?, ¿dónde está la alegría tan presente en África?

Y para terminar un párrafo que me ha encantado, lo que le comenta al autor el somalí Hamed: «Nuestra naturaleza es así, dice, no tan siquiera con resignación, sino incluso con un cierto matiz de orgullo. La naturaleza es ese algo a lo que no hay que oponerse, ni intentar mejorarla, ni hacer nada con vistas a independizarnos de ella. La naturaleza nos es dada por Dios y por tanto es perfecta. La sequía, el calor, los pozos vacios y la muerte en el camino también son perfectos. Sin ellos, el hombre no entendería el goce auténtico de la lluvia, el sabor divino del agua y la dulzura vivificante de la leche. El animal no sabría disfrutar de la hierba jugosa ni embriagarse con el olor de un prado. El hombre no sabría qué es eso de ponerse bajo un chorro de agua fresca y cristalina. Ni siquiera se le ocurriría pensar que eso significa, simplemente, estar en el cielo

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