Quitarse los clichés

Mosaico de cuentos africanos
Mosaico de cuentos africanos

Mosaico de cuentos africanos

Los fines de semana los suelo pasar escribiendo, supongo que tanta dedicación y sacrificio se deberá a esa manía que tienen, o que tenemos los escritores, de robar cualquier tiempo posible para sentarnos a escribir, escribir es lo que nos da sentido, estoy seguro de que todos o casi todos los escritores sentimos lo mismo. Yo empecé a escribir hace unos cuantos años en un taller de creación literaria, en donde aprendí una determinada manera, unos determinados autores, una determinada literatura, quizás sea eso lo malo de los talleres, que te encauzan por un camino que no necesariamente has elegido tú… pero bueno, esa es la forma por la que yo empecé a escribir y no me arrepiento, sino más bien todo lo contrario. Así que como digo, este fin de semana lo pasé escribiendo, precisamente trabajando unos cuentos en los que llevo reflexionando ya algunos años, dándole vueltas a las historias, componiendo la estructura, pensando los diálogos, buscando el punto de vista, en fin… escribiendo de la manera que me gusta y de la que me han enseñado. Cuando el pasado domingo, di por terminado el cuento en cuestión, cogí el libro «Mosaico de cuentos africanos», no me detuve en la presentación ni en el prólogo y fui directamente al grano: los cuentos no me gustaron, me parecieron planos, simples, demasiado básicos.

Tampoco me gustó algo que me ocurrió hace unos cuantos años, creo que fue en París, íbamos a volar a no recuerdo ahora qué país de África, y en el autobús que nos llevaba al avión (que alguien me explique por qué a esos autobuses los llaman jardineras) tuve algún pensamiento, no sé si despectivo, pero desde luego no positivo, sobre un señor africano que en la manga de la chaqueta  había dejado a la vista de todo el mundo una etiqueta de Giorgio Armani, desde luego el traje era de Giorgio Armani, y yo pensaba que ese señor ostentoso tenía mucho interés en mostrárselo a todo el mundo.

Este fin de semana también estuve leyendo, escribir y leer son sinónimos no reversibles, es decir, no se puede escribir sin leer, aunque sí leer sin escribir, en cualquier caso estuve leyendo un libro que hablaba sobre política africana, hablaba de que el estado en África es patrimonial, es decir, en sociedades tribales, en donde la unidad social no es el individuo sino la colectividad, los más ricos tienen la obligación de cumplir con sus allegados, precisamente por la colectividad, porque el individuo no tiene significado fuera del grupo, y como parte de él tiene la obligación de compartir sus riquezas con los más desfavorecidos de su grupo. Yendo un poco más allá y entrando en la cuestión política, los que acceden al poder tienen la obligación de suscribir una redistribución vertical y personalizada para poder afianzar su posición en los diferentes estratos sociales que le dan apoyo, el voto no es ante todo el símbolo de una elección personal, sino parte de un cálculo de reciprocidad patrimonial basado en los lazos de solidaridad. En las sociedades africanas existe por tanto la figura del gran hombre, es decir, el que vela y el que mantiene a los miembros de una familia o una comunidad que esperan precisamente los favores de ese gran hombre, ese gran hombre que cuanto más rico sea, más se ocupará de ellos, ese gran hombre que debe ostentar para cumplir su labor en una comunidad africana, hacer constar que ocupa ese papel ante el cual los suyos no sienten resentimiento o envidia, ya que los dependientes esperan que sus patrones exhiban su estatus y afirmen su rango por medio de los atributos visibles de posesiones materiales, precisamente porque entienden esa magnificencia como generosidad.

Me di cuenta entonces que aquel hombre que había visto años atrás con la etiqueta de  Giorgio Armani visiblemente pegada a la manga del traje no era ostentoso, sino que cumplía una función social dentro de su comunidad, que ostentoso no significa  lo mismo para un africano que para un occidental. Y entonces me leí la presentación de «Mosaico de cuentos africanos», en la que Marie Claire Durand comenta que los cuentos recogidos en este volumen han sido creados para llegarnos a través de la percepción auditiva, que es imposible recoger en lenguas románicas la musicalidad de las lenguas autóctonas, que estos cuentos no se escriben ni se leen sino que casi se representan, con ritmos, con palmadas, con gestos, con bailes y cantos compartidos por el auditorio que participa en el acontecimiento colectivo con el mismo fervor que el propio narrador, ese mago de la palabra. Aún así, dice Marie Claire Durand, aunque sea codificado lingüísticamente, vale la pena contribuir a la difusión de aquel legado oral.

Entonces decidí quitarme los clichés (parece mentira pero diez años trabajando con África y todavía me quedan), entonces me olvidé de los talleres y de mi literatura (qué ejercicio tan difícil y necesario), entonces volví a leer los cuentos que me trasladaron de lleno al imaginario africano y que me parecieron, en esta segunda lectura, simplemente, extraordinarios.

Posdata: después del último artículo de este blog en el que me despedía por un tiempo, he decidido volver antes de lo previsto (aunque sin el objetivo de al menos colgar dos artículos por mes sino según el tiempo lo vaya permitiendo). La razón del regreso, muy simple: el blog da mono.

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