Los idiotas, Quim Monzó

 

Mil cretinos
Mil cretinos

Mil cretinos de Monzó

El padre de mi amiga Katy siempre decía que él solo le tenía miedo a una cosa, ¿a qué cosa? —le preguntaba todavía la niña Katy—, a los idiotas, porque sales a la calle y está lleno, siempre me ha hecho gracias esa anécdota y recurro a ella de vez en cuando (la realidad a veces te lo pone en bandeja). Bueno, pues probablemente sobre parte de esos idiotas que pululan habitualmente por la calle, sobre esos mil cretinos y sus miserias, es de lo que habla el nuevo libro de relatos de Quim Monzó, el autor del que Vila-Matas dice que, si fuera norteamericano, estaría considerado el mejor escritor de cuentos del mundo… qué pena eso de que haya que ser norteamericano para ser algo más…

Anoche salí de trabajar a eso de las nueve y me fui a casa, bastante cansado, a esas horas es fácil desparramarse sobre el sillón y encender la tele, pero decidí no hacerlo, opté, en cambio, por coger el libro de cuentos completos de Onetti, uff, Onetti me cuesta, y ello me ocasiona cierto remordimiento porque uno de mis escritores de cabecera, Muñoz Molina, lo recomienda siempre vivamente… El caso es que tengo que estar muy despierto para poder seguir a Onetti con atención y anoche, tras el cansancio del día, pasadas un par de páginas, se me cerraban los ojos. Pero ayer tenía que leer, me había pegado las dos noches anteriores navegando por la inmediatez de Internet y necesitaba echarme al cuerpo algo más sólido, algo más constante, algo más que muchas breves novedades desordenadas sobre la pantalla, tanto link con su efecto adictivo. Cada vez somos más de titulares, y los titulares no dicen mucho, y muchas veces mienten (como mienten todos los boleros —no viene a cuento pero me encanta esa frase de una canción de Sabina; cada vez que escucho un bolero, y escucho muchos, estoy pendiente de si mienten o no (algo que suele depender de mi estado de ánimo). Todos los titulares también mienten, al menos eso dijo el otro día Julio Pérez, el Secretario de Estado de Justicia, en una charla en la que coincidimos por mi trabajo). Internet es buena sí, pero también un peligro… El caso (y para no enrollarme porque yo empecé a escribir este texto para hablar de Monzó), es que a pesar de que se me cerraran los ojos necesitaba seguir leyendo, como si esa noche leer fuese una cura de algo (y realmente lo era). Entonces decidí cambiar de tercio, cogí los mil cretinos de Monzó, que lo llevaba por la mitad, y me lo acabé de un tirón.

Y no todos los cuentos me gustaron, algunos de ellos pienso que se extienden demasiado en la misma idea, muchas veces no acabo de entender el surrealismo (y Monzó es evidentemente surrealista), muchas veces, a primera vista, el surrealismo me cuesta: no acabo de ver una lógica que igual no existe. Otros cuentos en cambio (más o menos la mitad de ellos), me parecieron brillantes. Terminé el libro con la satisfacción con la que uno termina los libros, o por lo menos con la satisfacción con los que los suelo terminar yo, que es mucha, me sentí curado con respecto a las dos efímeras noches anteriores, cené algo y, con una especie de sentimiento de deber cumplido, me fui a dormir. Pero debe ser que al final es real el surrealismo, es real que pertenece a lo onírico, porque serían las cuatro de la mañana cuando todas aquellas imágenes de Monzó me sumieron en un estado de duermevela: la mujer que quiere desquitarse de todo lo que compartió con el marido (cretino) y acaba desquitándose a sí misma, el hijo egoísta (cretino) del señor Beneset,  la familia (bueno, estos no serían cretinos) que no tiene nada que decirse pero que se reúnen porque son familia, los muchachos (cretinos) que piensan que por ser más les pertenece el poder, y tantas otras miserias cotidianas que Monzó describe con su lenguaje sencillo, con su tono aparentemente distante, casi alegre, y sin embargo, tan terriblemente cruel… quizás no sea crueldad la palabra que lo define, quizás desesperanza, quizás desdicha, tal vez, simplemente, realidad…, cuando giré la cabeza, el despertador marcaba las seis de la madrugada: desde luego tiene algo el surrealismo de Monzó.

El padre de mi amiga Katy decía que solo le tenía miedo a los idiotas, y no le faltaba razón.

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