El tercer sentimiento

Los amantes de todos los santos
Los amantes de todos los santos

Juan Gabriel Vásquez, Los amantes de Todos los Santos

Acabo de terminar de leer «Los amantes de Todos los Santos», de Juan Gabriel Vásquez, he cerrado el libro y he sentido dos cosas: primero, algo parecido a la envidia, bueno, probablemente no haya sido envidia en el estricto sentido de la palabra, sino más bien un cosquilleo en las mejillas, una fila de hormigas recorriendo un arduo camino hacía alguna parte: joder, yo quiero escribir así. Lo segundo que he sentido ha sido satisfacción,  como cuando terminas una conversación íntima e imprescindible con un buen amigo, como despertar de una reparadora siesta tras un sano almuerzo, un sentimiento de plenitud, de placer, por este tipo de cosas vale la pena vivir.

El colombiano Juan Gabriel Vásquez vivió una etapa de su vida entre Francia y Bélgica, y no sé si sobre sus experiencias o sus conocidos, pero ambientados en esos dos países (y en vecinos de una misma comunidad, al menos en el caso de Bélgica) se suceden los siete relatos que componen este libro imprescindible. No son relatos alegres (dice Vargas Llosa que el escritor escribe sobre sus propios fantasmas), más bien hablan del dolor, del pasado que no pasa y nos acompaña siempre; del error, la culpa y el remordimiento; de la soledad, una soledad en algunos casos asumida y buscada, pero no por ello indolora: la certeza de saberse incapaz para mantener un compromiso: «Vivianne me reprochó el silencio de tanto tiempo. Se quejó de mis silencios, de los muchos que parecía construir a mi alrededor. Se quejó de no sentirse necesitada…siempre le turbó la facilidad con la que yo excluía a los demás o les permitía excluirse».

Hay varios relatos en este libro que son sencillamente magistrales, el que da el título a la obra, «Los Amantes de todos los Santos» —me encanta la sucesión de espacios—, pero también «La soledad del mago» (quizás mi favorito, inmejorable la descripción del último truco del mago, ¡pura vida! —dicen en Costa Rica—, ¡pura literatura! —me apetece decir a mí—). El sentido del abrazo que Claire da a la hermana de Philippe en «Un lugar para esconderse» es tan real, como demoledor. Los diálogos están milimétricamente medidos, no sobra ninguna palabra, ni el tiempo en que se dicen, ni cabe otra pregunta, comentario o explicación que no sea la que aparece en cada momento preciso. Me encanta cómo utiliza el recurso (en dos relatos distintos) en el que un personaje pregunta y el otro continúa hablando de otra cosa, no porque no lo escuche, sino porque no quiere escuchar lo que le dicen en ese momento (qué feo eso de que a uno le digan la verdad —piensa el personaje de Benedetti en La Tregua—). Y después están las imágenes, en una ventosa boda al aire libre, el padre Malaurie, vecino de Xhoris, utilizó un imperdible para dominar su sotana, y le dio la bendición a la pareja sin evitar que las páginas de papel arroz de su Biblia aletearan como un pájaro enjaulado… los relatos están plagados de imágenes como esa, qué difícil es a veces encontrar una y en cambio aquí hay decenas… Los motivos literarios, como la trucha que boquea al dejarla sobre el césped tras pescarla en el lago, son utilizados con la precisión y la destreza necesaria para evocar toda la fuerza de un significado.

Juan Gabriel Vásquez es un virtuoso de la literatura, cuando terminé «Los amantes de Todos los Santos» y cerré el libro, sentí un tercer sentimiento: la necesidad de volver a empezarlo de nuevo, y así lo hice, una segunda lectura todavía impresiona más. No será la última.

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