La palabra de África

La casa de la palabraHace unas semanas tuve la oportunidad de presentar la novela “La casa de la palabra” (Ediciones Idea) de José Antonio López Hidalgo, lo que sigue es el texto que leí en aquella ocasión y el diálogo que mantuve con el autor.

«La leyenda de los mitos bubis (una de las etnias de Guinea Ecuatorial) están llenas de madres que buscan a sus hijos pero jamás ocurre al revés, sólo una mujer blanca puede preguntarse qué fue lo que le sucedió a su padre y pretender además recobrar su figura». ¿Por qué sucede esto?, no lo sé, supongo que para encontrar respuestas habría que indagar sobre la identidad de los blancos y la identidad de los negros. Intuyo que algo tiene que ver este párrafo extraído de otro libro sobre África, Ébano, de Ryszard Kapuscinski, un somalí llamado Hamed le comenta al periodista polaco lo siguiente:

«Nuestra naturaleza es así, dice, no tan siquiera con resignación, sino incluso con un cierto matiz de orgullo. La naturaleza es ese algo a lo que no hay que oponerse, ni intentar mejorarla, ni hacer nada con vistas a independizarnos de ella. La naturaleza nos es dada por Dios y por tanto es perfecta. La sequía, el calor, los pozos vacíos y la muerte en el camino también son perfectos. Sin ellos, el hombre no entendería el goce auténtico de la lluvia, el sabor divino del agua y la dulzura vivificante de la leche. El animal no sabría disfrutar de la hierba jugosa ni embriagarse con el olor de un prado. El hombre no sabría qué es eso de ponerse bajo un chorro de agua fresca y cristalina. Ni siquiera se le ocurriría pensar que eso significa, simplemente, estar en el cielo.»

Sea cual sea la razón, lo cierto es que Carolina Araujo -la protagonista principal de “La casa de la palabra”-, hija de un próspero colono español, regresa a Guinea Ecuatorial buscando algo más que la figura de su padre muerto. Carolina Araujo nació en Guinea en una época en la que los hombres no se ocupaban de la crianza de sus hijos, esa era labor de la madre, pero Carolina no tuvo una madre entregada, sino una madre ausente, una madre resignada a su triste destino en la colonia. La niña Carolina fue entonces adoptada por los negros, creció con los negros, se marchó a la península tras la independencia pero no pudo desquitarse de los recuerdos…

(Robo este pequeño verso de Elsa López que, como Carolina Araujo, también vivió su infancia en Guinea).

(…) Mi mundo era una playa de arenas infinitas,
palmeras que se doblan hasta alcanzar la orilla
de un océano único sin horizonte alguno
y un niño de piel negra dormido sobre el tronco
sus bracillos colgando sobre el añil del agua.

(…) Y ver cómo maduran la yuca y la malanga
y devorar el jugo de un coco entre las manos
y bailar un balele a ritmo de tambores
al compás de la selva y sus tristes aullidos.
Aquel era mi mundo, especial y distinto,
y no habrá ningún otro ni yo seré la misma.

José Antonio López Hidalgo nos sumerge, con un lenguaje frondoso, en la frondosidad de la selva africana, aquella donde las sacerdotisas transforman el espíritu -Eosuapotó-, los tatuajes horadando relieves en la piel indigena, el dolor más que la identidad, la corteza dura de las máscaras, la búsqueda de la joven Carolina, esa deuda personal con la historia, ella tampoco nunca será la misma, los baleles apegados a la tierra, la tierra africana de los bubis y de los fangs, unidos pese a su desprecio, Mamá Raquel y Antón Mibili, las fronteras artificiales y estúpidas de los blancos, siempre los blancos, tan absurdamente por encima de todo.

¿A qué fueron a Bioko, a río Muni?, (qué fácil es hacer esa pregunta cuando ya ha transcurrido la historia), ¿a montar el Club Fernandino?, a despreciar a los negros con su prepotencia, ¿hubiera sido posible otro tipo de historia? Veo las fotos del catálogo de la exposición Mbini -los cazadores de imágenes-, tampoco son necesarias esas fotos porque “La casa de la palabra” las describe, las fotografía con contundencia, 1940, los fotógrafos civilizados blancos en las chozas de los negros desnudos, ¿en qué momento del siglo XX adquirieron su significado palabras como humildad y respeto?, ¿acaso pudieron existir antes? Y después claro, la huida, la rapiña, la venganza, los que se marcharon y los que no, la traición y el remordimiento. ¡Blancos! -dice Antón Mibili-, lo destruyen todo para que nada les recuerde que son vulnerables.

―Dime, Mamá Raquel, ¿por qué no me has aconsejado que vuelva a España?, si tienes miedo de que me ocurra algo malo es el mejor lugar para sentirse a salvo.

―No entiendes nada, niña, ¿qué te va a enseñar el invierno?

ENTREVISTA CON EL AUTOR

PMC, A lo largo de la novela se mencionan diferentes características de los bubis y de los fangs, las dos etnias mayoritarias que cohabitan en Guinea, ¿Cómo ven los blancos a los Bubis y a los Fangs?, ¿Cómo ven los Fangs a los Bubis?, ¿y los Bubis a los fangs? ¿Cuál es el precio de esas fronteras artificiales?

JLH, La geografía dispuso ya una frontera natural: los bubis en la isla y los fang en el continente. A la llegada de portugueses, ingleses y españoles a Fernando Poo, los bubis decidieron aislarse en sus aldeas por lo que los primeros blancos, que no pudieron utilizarlos para trabajar, los calificaron como gandules y gentes que no apreciaban el valor del esfuerzo. Una vez asimilados, sobre todo gracias al esfuerzo de la iglesia, los bubis pasaron a ser considerados buenos domésticos, sumisos y honrados trabajadores, frente a los fang que tenían fama de rebeldes y violentos. Los fang fueron trasladados a la isla por los colonos que necesitaban mano de obra fuerte y prácticamente gratuita, y ahí empiezan los “tropiezos” entre las dos etnias. En el momento de la independencia, en 1968, un partido representante de los bubis pidió al gobierno español que el país se dividiera en dos entidades muy diferenciadas: la isla para los bubis y la parte continental para los fang. No se aceptó la propuesta. Y los informes de Amnistía Internacional indican que todavía subsiste ese problema, aunque minorizado.

Qué fácil es hablar cuando ya ha transcurrido la historia. En nuestra época rechazamos las actitudes y las maneras de la colonización. Es fácil hacerlo, la sociedad ha evolucionado y ahora los valores son otros. Desde la distancia y la experiencia podemos opinar sobre el pasado, pero en aquella época, ¿ningún blanco rechazaba la colonización? ¿y los blancos que se llevaban bien con los negros, ese sentimiento podría provenir desde la igualdad o era más bien paternalismo?

Hubo blancos que rechazaron esa forma de colonización, y sobre todo los abusos, pero fueron apartados por el resto de la comunidad como apestados. Lo más generoso que podía esperarse era el paternalismo; al fin y al cabo, a los nativos sólo se les permitió el papel de protegidos a la fuerza, y me refiero a protegerlos de sí mismos, de sus impulsos salvajes.

Lo comento porque, salvo Carolina, criada entre los bubis, los comentarios de los blancos cuando se reúnen en el Club Fernandino son de absoluto desprecio hacia los negros.

Los europeos tenían, desde la época de las exploraciones, la costumbre de etiquetar todo lo que encontraban en África y eso incluía a los nativos; elaboraban escalas de calidad según el grado de sumisión, y a esto solían llamarlo ciencia antropológica.

Me interesa mucho el personaje del doctor García Sáez, no se marchó de Guinea cuando se marcharon los españoles, un tipo para muchos despreciable pero que es perfectamente consciente de sus decisiones, (el reconocimiento del odio que le tiene su asistenta lo ejemplifica), ¿conoció a un Garcia Sáez durante su etapa en Guinea?

García Sáez es un derrotado consentido, alguien que es consciente de sus miserias y se enfrenta a los efectos. Tal vez por eso atrae tanto a los lectores. Aunque conocí a varios médicos en Guinea que duraban desde la época de la colonia, García Sáez es un personaje construido por mis impresiones.

El doctor García Sáez dice en un momento de la novela: “el arte africano, cuando sale del marco para el que ha sido creado es una cosa inútil; una escultura que representa la fuerza vital del espíritu, fuera de la selva, y del poblado al que pertenece no significa nada”.

La escultura africana no se concibe como arte al estilo occidental y pertenece al mundo en que ha sido creada. Fuera de su comunidad, y de los rituales en los que tiene sentido, se convierte en un objeto truncado, una cosa incompleta, algo perverso.

Aminata Traoré dimitió de su cargo de asesora del museo Brandly de París por cierta artimaña (un precio demasiado bajo) llevada a cabo por parte de la dirección del museo a la hora de adquirir una obra de Mali, dijo que era la típica actitud de los blancos de querer a los negros pero sin contar con los negros mismos ¿qué opina?

Una actitud muy digna, y frecuente entre los africanos, a pesar de la mala fama que se obstinan en colocarles los medios de comunicación. Supongo que se trata de una referencia al viejo dicho “cree el ladrón que todos son de su condición”. Sin duda es una secuela del paternalismo y del hábito de explotación.

¿Qué piensa de la cooperación Norte Sur? Usted ha sido cooperante en Guinea Ecuatorial, y el único cooperante que aparece en la novela, un alemán, pasa sus noches borracho en un prostíbulo de chicas negras adolescentes.

Conocí a cooperantes con muy buenas intenciones, pero la cooperación en la que trabajé tenía muchos defectos y poco interés por corregir errores. Me parece que a menudo no se cuenta con los propios africanos a la hora de cooperar ¿tal vez de nuevo para protegerlos de ellos mismos?

¿Qué tiene África que engancha a tantos blancos?

El misterio, la leyenda, la vuelta a los orígenes, la sensación de que podemos recobrar lo que aquí ya se ha perdido. Y no olvidemos que todo blanco lleva encima el “síndrome de tarzán”.

¿Es su espiritualidad, el espíritu de la sacerdotisa que se transforma en Eosuapotó?, ¿es su alegría?. ¿son sus cicatrices en la piel de los negros? ¿es la frondosidad de la selva?, ¿el calor sofocante?, ¿el añil de las playas?, ¿Es esa frondosidad de África lo que usted quiere transmitir con la frondosidad del lenguaje que utiliza?, ¿sus anteriores novelas utilizan el mismo lenguaje o lo ha querido adaptar en esta novela, a la frondosidad de África?

He utilizado, en efecto, un lenguaje barroco porque la historia lo requería, la sensación de la selva es barroca, parece asfixiante y, sin embargo, cada criatura, cada palabra, conoce su lugar, no es prescindible. He querido recrear en los lectores esa sensación.

Dice Elsa López en su poema: “Aquel era mi mundo, especial y distinto, y no habrá ningún otro ni yo seré la misma” ¿será Carolina Araujo alguna vez la misma? O será, como dice otro de los personajes, Julian Akele, guineano que se formó en España: “no sabe en que orilla situarse y no ignora de que en el medio acabará ahogándose”.

Nunca será la misma. Lo que le ocurre en la novela no se lo permite. Ha abierto una puerta por la que está obligada a entrar. Aunque se le derrumbe toda la fábula de su pasado.

¿Por qué eligió la voz de una segunda persona en los pensamientos de Carolina?

Me gusta la segunda persona. Aparte de poco habitual, construye una relación muy particular entre el personaje y la persona que lee, un recurso que posee la narración verbal y del que carece, por ejemplo, el cine.

Durante la novela habla de Macias, hay una escena bastante fuerte en la que unos policías van a la caza de un muchacho… Hoy en día occidente le pide a África una democracia basada en los parámetros occidentales, ¿cree que esa democracia que solicitan los occidentales llegará alguna vez a Guinea?, ¿cree que es conveniente?, ¿usted lo desea?

Hay intelectuales africanos que no creen en la democracia al estilo occidental y hay también intelectuales africanos que recuerdan que en la década de los 60 ya hubo señales convincentes de esa democracia en algunos paises de África pero las potencias colonizadoras las destruyeron para preservar su derecho a la explotación impune. Sin sanidad, educación y cierta fuerza económica no será posible una democracia, o algo semejante.

¿Qué opina de lo siguiente conversación entre Mamá Raquel y Carolina?

―Dime, Mamá Raquel, ¿por qué no me has aconsejado que vuelva a España? Si tienes miedo a que me ocurra algo malo es el mejor lugar para sentirse a salvo.

―No entiendes nada, niña ¿qué te va a dar el invierno? Allí no se aprende de lo que pasa, solo se oculta uno, deja que el tiempo haga su tarea sin correr riesgos, y así nadie sabe lo que lleva dentro.

―¿Cómo hablas así si nunca lo has conocido?

―Veo tu cara de madera sin tallar, este país ha ido averiguando los rasgos de tu máscara, te ha dolido claro, pero sabes más de ti, del invierno sólo traías una corteza blanda que se pudre con el primer contratiempo.

Es una conversación entre dos maneras de entender el mundo, la apuesta por el diálogo y el interés por escuchar lo que el otro tiene que decir, algo que no parece haber ocurrido hasta ahora entre blancos y negros. Además, en ese encuentro, la vejez contiene una sabiduría que la persona más joven es capaz de reconocer. Me gustaría que fuesen actitudes reales, no sólo literarias.

¿Es necesaria África?

Todo lo que tiene nombre existe, asegura el proverbio, y todo lo que existe es necesario. Pero la existencia auténtica de África, en nuestra actualidad, parece una utopía. Confío en el tiempo, en las circunstancias futuras. . . tal vez en aquellos espíritus que hoy carecen de voz. La vida da muchas vueltas y abre muchos caminos.

Foto inferior: José Antonio López Hidalgo, vive en la isla de La Palma. Fue profesor cooperante en Guinea Ecuatorial y como viajero ha recorrido varios países de África. Sus novelas han obtenido los premios Jaén, Ínsula del Ebro, Javier Tomeo de la Universidad Rey Juan Carlos e Internacional Juan Rulfo.

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