Las partículas elementales, Houellebecq

Las particulas elementales
Las particulas elementales

Michel Houellebecq

Bruno fue abandonado por su madre hippie en un internado; el niño, de aspecto aparentemente débil, estuvo vigilado de cerca por los ejemplares más fuertes de la manada de internos (casi todas las sociedades animales funcionan gracias a un sistema de dominación vinculado a la fuerza de sus miembros), por la noche, en el dormitorio común, un grupito de tres lo empujaban al baño, lo obligaban a que se las chupara, le restregaban la escobilla del váter por la cara y después le meaban encima. Esporádicamente Bruno salía del internado para dormir en casa de su madre, esto que sigue es lo que nos cuenta: «La mañana de mi regreso, me desperté muy temprano. Entré en su habitación: los dos estaban durmiendo. Dudé unos segundos y luego tiré de la sábana. Mi madre se movió y por un momento creí que iba a despertarse; entreabrió ligeramente los muslos. Me arrodillé delante de su vulva. Acerqué la mano unos centímetros pero no me atreví a tocarla. Volví a salir para hacerme una paja».

Con esta crudeza, Michel Houellebecq nos narra la decadencia de la sociedad occidental en su interesantísima novela «Las partículas elementales». El autor francés (la novela me la recomendó un buen amigo francés, sus referencias literarias son distintas que las mías y siempre es enriquecedor el intercambio) empieza realizando una reconstrucción histórica de la ruptura de la sociedad tradicional hacía la sociedad moderna, en palabras de Houellebecq, desde la antropología cristiana hasta la antropología materialista. El cristianismo concede una importancia ilimitada a la vida humana, desde la concepción hasta la muerte, y esa idea la contrapone con los hechos ocurridos en los años 70 en Francia, la aprobación del aborto, e incluso, con el planteamiento de la eutanasia: antes la muerte era el encuentro con Dios, ahora es simplemente la muerte, y a medida que envejecemos, la sentimos más cerca.

La generación del 68 proclamó la superioridad de la juventud sobre la edad madura. En los años ochenta, aquellos veinteañeros de entonces, a medida que se cuerpos se iban marchitando fueron experimentando una mayor repugnancia sobre sí mismos. Llega un momento en la antropología materialista en el que la suma de los placeres físicos es inferior a la suma de los dolores y esto conduce, a partir de cierta edad, a la idea del suicidio. Deleuze y Debord, dos intelectuales de fin de siglo, se suicidaron sin motivos concretos, sólo porque no soportaban las perspectivas de su decadencia física.

Sobre esta idea Houellebecq (heredero de Huxley y su asombroso Mundo Feliz —curiosamente también comentado en el pasado artículo de este blog—) nos muestra una despiadada sociedad occidental basada en el individualismo exacerbado de sus protagonistas (Bruno y su hermanastro Michel, también abandonado por la misma madre), el hedonismo como fin, una sexualidad que propicia la aventura y la novedad, la desaparición de los criterios de seducción intelectuales por los físicos, y el egoísmo ilimitado. Desde luego un retrato crudo, durísimo y morboso en el lenguaje utilizado, y en muchos aspectos bastante cercano a la realidad de nuestros días. En definitiva, la existencia de un materialismo incompatible con cualquier proyecto humano.

Acaso dos «peros» a esta, como digo, interesantísima novela: su acertado análisis sociológico, en algunas partes (sobre todo en algunos diálogos), está más próximo al ensayo que a la novela, lo que —bajo mi punto de vista— perjudica el tono literario. Por otro lado, la elección del personaje de Bruno, un pobre desgraciado como existirán muchos en nuestra sociedad pero creo que quizás minoritario. Para ofrecer el panorama de la sociedad occidental que nos ofrece Houellebecq quizás podría haber tenido más fuerza que el protagonista fuese una persona más identificable con la mayoría,  y con la que se pudieran llegar a las mismas conclusiones.

Y por encima de todo siempre existe el amor (el amor une y el mal separa). Houellebecq distingue tres tipos de individuos, los sintomáticos: aquellos que llevan una vida normal encuadrada en la época que les toca vivir. Los precursores, los que preconizan un nuevo comportamiento, son aceleradores históricos pero no imprimen ninguna nueva dirección a la sociedad. Y por último los revolucionaros o profetas, los que son capaces de crear una nueva dirección en la sociedad. Bruno pertenece al grupo de los sintomáticos, sin embargo, su hermanastro Michel pertenece a los revolucionarios o profetas, personas que harán cambiar la dirección de la sociedad occidental, y que nos regala ese espléndido final dedicado a aquella noche del 31 de diciembre de 1999, en la cual, en toda la superficie del planeta una humanidad cansada, agotada, llena de dudas sobre sí misma y sobre su propia historia, se disponía, mal que bien, a entrar en el nuevo milenio.

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12 comentarios

  1. Brice
    16/02/2009 10:51:00

    Ayer en El País recordaba Eugenio Scalfari, fundador del periódico la Repubblica, aquella cita de Joyce que decía más o menos que “la historia es aquella pesadilla de la que tratamos de despertar”. Por ahí van los tiros de Houellbecq, que refleja la miseria humana y sexual de una época. No creo que exagere demasiado el personaje de Bruno, me parece que éste es un “popurrí” de experiencias y personajes que Houelbeccq utiliza como una especie de estercolero sociológico donde asentar su particular concepción del ser humano. Me gustó mucho el libro y me alegro que a ti también, de hecho es un hito en la literatura francesa actual, pero no soporto el cinismo subyacente que irradia toda la novela. Reconozco la maestría del autor, su lucidez, pero su cinismo se hace visible en como trata al personaje de Bruno, como lo rebaja, ridiculiza e infantiliza. Y ahí cae en la caricatura. Sobre todo hacia el final que se vuelve como dices más ensayístico. Bueno, espero, rezo por nunca parecerme a Bruno. O por lo menos, ¡¡qué no me vean!! ni lo cuenten… Houellbecq ha escrito también, muy recomendable, “Extension du domaine de la lutte”, en Anagrama, “ampliación del campo de batalla”, y una curiosidad que es un libro sobre Lanzarote. No le recomiendo este último, bastante malo, donde pone a parir a la industría turística con este mismo cinismo que lleva pegado a la piel. Hablas de amor…pero vivimos en un mundo donde es cada vez más difícil defender este tipo de conceptos, un mundo que se reduce cada vez más a hechos sonantes. De ahí, a veces, el difícil papel de la literatura en huir del cinismo, porque es inviable, sin ser ni anacrónica ni cursí ni tampoco predicadora…porque llevamos muchos años “deconstruyendo” a nivel de pensamiento y de literatura. Ahora me voy a meter con un ensayo de Kundera sobre literatura y música – me lo traen hoy, aún ni me sé el título-, que habla de que todo es válido en literatura, o más o menos, a nivel de estructura me refiero, pero que estamos condicionado sobre “como” se ha escrito…(el arte de escribir escenitas, narraciones completas…al estilo de balzac o galdós) Cuando sepa algo más te lo digo porque quizás una vía sea la libertad fundamental que yace por debajo del acto de escribir, y que nos coartan nuestros modelos, nuestros padres, y que no nos puede coartar el cinismo de Houellbecq por ejemplo que es el resultado de una tradición importante en el siglo XX, aunque reconozco que es una tentación muy fuerte, casi nihilista. Y con esto y un bizcocho…¡buenas noches, buena suerte! Un abrazo.

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    • Pablo Martín Carbajal
      16/02/2009 17:49:00

      Brice, el otro día en un acto de jóvenes escritores en Santa Cruz salió la obra de Houellbecq, Victor Álamo de la Rosa, reconocido escritor tinerfeño, habló de Lanzarote, y opinaba lo mismo que tú. Hace un mes terminé también “Ampliación del campo de batalla”, pero no me interesó tanto, de hecho casi ya ni me acuerdo, me dio la impresión de que muchas de las cosas que comentaba ya estaban en “Las particulas elementales”. En cualquier caso, gracias por la recomendación de Las partículas…, sin duda una obra muy recomendable.

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  2. Tu reina
    20/02/2009 00:33:00

    Recomendado por tí y por Brice y con estos comentarios, por un lado tentador, y con ese “muy recomendable”….reconozco que en parte también por la admiración que les tengo, pero como nada me parece más tremendo que el abondono de una madre, lo demás que más da, intuyo que son las consecuencias…., y de fondo cinismo?, ¡cuántos Brunos y grupitos de pervertidos…, este tiene todos los ingredientes para que yo no lo lea. Besos a los dos.

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  3. Francisco Antonio
    20/02/2009 21:27:00

    Entre materialismo y espiritualismo, me quedo con un equilibrio de espiritualizar la materia que no es mala en sí mismo. No hay nada malo en la máquina , ni en la naturaleza, el mal se engendra en el corazón del hombre, en la mente, y es el adiestramiento, la educación, la manipulación , lo que reproduce a estos mostruos que al fin y al cabo son seres humanos, o sea, animales racionales. Si nos reconocieramos un poco más lo que tenemos de animales, y usaramos un poco más lo que tenemos de racionales podríamos avanzar un poco. Pero para ello es necesario la humildad , y reconocer que la naturaleza tiene un plan, responde a unas leyes, que nos las podremos saltar pero eso tienen unas consecuencias que tenemos que pagarla.

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  4. Rosario
    20/02/2009 21:28:00

    me encanta tu capacidad para recrear en pocas palabras los textos que te gustan. Este comentario es casi pedagógico y eso no es una tarea sencilla.

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  5. Luis León
    20/02/2009 21:28:00

    Excelente análisis de un texto que fue un revulsivo en la literatura europea; en estos días estoy leyendo cosas del norteamericano Philip Roth y, si no lo conoces, te lo recomiendo vivamente. Pues estos yanquis son capaces de la peor literatura y también de la más excelsa.

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  6. Brice
    05/03/2009 20:59:00

    Hola de nuevo, ya casi me he acabado el ensayo de Kundera. Se trata de “Les testaments trahis” no sé si está traducido al español. Bueno, es una maravilla, una auténtica maravilla, y de hecho me lo estoy leyendo muy poco a poco para no acabarlo demasiado rápido. Va de las traiciones de los hijos, de los lectores, traductores…hacia los legados literarios y sinfónicos de Kafka, Bach, Janucek, Perotin, Hemingway, Rabelais, Cervantés… Escrito con una inteligencia y una sencillez apabullantes. Y bastante liberador. Y optimista, nada de amargura o de cinismo y eso que Kundera ha tenido, como muchos exiliados, una vida complicada y a veces dolorosa. Ha vivido la segunda guerra, la primavera de Praga y la represión posterior…

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    • Pablo Martín Carbajal
      05/03/2009 22:55:00

      pues gracias por la recomendación, lo leeré, he mirado y sí está traducido al español, los testimonios traicionados, lo pediré y a ver si lo comento en el blog. De Kundera he leído dos cosas: La insoportable levedad del ser y La Identidad, ambos muy buenos, también están comentados en este blog.

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    • Hola, gracias por su comentario, pero realmente no podría aclarar el porqué de ese título hoy en día, leí la novela y la reseñé en 2008, hace 8 años, por lo que no tengo el argumento fresco como para poder responder a su pregunta. Saludos cordiales.

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