Las cenizas de Bagdad

Las cenizas de BagdadPremio Benito Pérez Armas de novela, de Antonio Lozano

Hace unos meses tuve el honor de presentar la obra ganadora del premio de novela Benito Pérez Armas, “Las cenizas de Bagdad” de Antonio Lozano. Lo que sigue a continuación es el texto que leí para la ocasión y la entrevista que mantuve con el autor (que he copiado íntegra porque a pesar de ser un poco larga creo que vale la pena).

El 22 de septiembre de 1980 el Consejo de mando de la Revolución, el supremo órgano del Partido Baas y del Estado iraquí, dio la orden de entrar en guerra contra Irán. Probablemente, las justificaciones de Saddan Hussein para invadir Irán no hubiesen sido suficientes si no hubiera contado con el apoyo financiero norteamericano, que veía en Saddan Hussein a un aliado para contrarestar la amenaza de la revolución islámica promovida por el Ayatolá Jomeini. Irak declaró su victoria tras ocho años de combates pero en realidad sólo logró un importante desgaste de la población y enfrentamientos internos, especialmente con la población Kurda, que fueron acallados por el dictador con una represión sanguinaria y cruel. No había posibilidad de oposición al régimen, la tristemente famosa cárcel de Abu Ghraib ya conoció en esos años prácticas similares a las que todos vimos con horror en aquellas fotos que dieron la vuelta al mundo tras la injustificada invasión norteamericana (y no sólo norteamericana).

El 14 de octubre de 1988 me despedí de mis amigos, nos llamaríamos más tarde, acabábamos de empezar nuestro primer año en la Universidad de La Laguna y toda aquella ilusión desbordante se iba amontonando hasta eclosionar en esa noche de viernes en la que se organizaba la gran fiesta del inicio de curso: nos sentíamos nuevos adultos, recién cumplida la mayoría de edad, nuevos amigos, nuevas experiencias, el mundo por descubrir. Con una copa de whisky en la mano, hablando y riendo, la música no me permitió escuchar sus gritos, en ese mismo momento, a miles de kilómetros, otro universitario, un estudiante de literatura árabe, afiliado secretamente al partido comunista iraquí, estaba siendo torturado en la cárcel de Abu Ghraib, un policía le dio un fuerte puñetazo en la cara, llevaba un anillo grueso en esa mano y el golpe le causó una herida en la mejilla derecha. La sangre le brotaba por la nariz. Enseguida se abrió la puerta del despacho y entraron dos matones corpulentos. Empezaron a darle golpes por todo el cuerpo. Le pegaron en la cabeza, las piernas, el estómago, la espalda, lo zarandearon como un pelele de un rincón a otro. Uno de ellos sacó una barra de plástico duro y el otro le quitó la camisa…Aquella noche me acosté con unas copas de más y con la feliz sensación de que el futuro era mío, a Walid, que así se llama ese estudiante de literatura árabe, mientras yo me tapaba con el edredón y me giraba sobre la cama acolchada para disponerme a dormir, a Walid lo arrojaron a carne viva al suelo gélido de un celda oscura en Abu Ghraib.

Antonio Lozano es, además de un excelente escritor, un tipo comprometido con lo que piensa. Y lo que piensa, sus valores, tienen mucho que ver con la empatía, con ponerse en el lugar del otro. Quizás por eso, y porque cree en la fuerza de la cultura como instrumento transmisor de las ideas, organiza desde hace más de una década el «Festival del Sur-Encuentro teatral tres continentes» y el «Festival Internacional de Narración Oral –Cuenta con Agüimes-». Yo he tenido la oportunidad de asistir a los dos este año 2008, dos fines de semana en Agüimes, y ambos festivales no son solamente el hecho de que te llegue más o menos la obra o el cuento en cuestión, sino que ambos festivales son, además, la magia que los rodea, la intercomunicación y la convivencia entre todos los participantes, la simpatía y el compromiso que le imprime Antonio, el áurea de su persona impregnando los dos festivales.
Fue allí donde conoció a Walid, y fue en Agüimes donde Walid empezó a contarle su historia, probablemente una tarea difícil, recordar todo aquello, no creo que nadie pueda volver a ser el mismo después de haber sido torturado, pese a que, como se dice en la novela, «la fuerza que ayuda a vencer el miedo a la tortura es muy superior a la tortura misma». Walid vive hoy en Madrid, permanece fiel a aquello que le dijo el padre de su amigo Rachid, asesinado porque no pudo superar la tortura, «mi hijo ha muerto, pero existe una derrota peor que la muerte, ceder al tirano, lo importante es haber defendido tu libertad hasta el último suspiro, cuídate hijo, y no te despidas jamás de tus ideas, ellas son nuestra única salvación».

El domingo 5 de septiembre de 1993 me desperté temprano, no había salido la noche anterior, en mi horizonte afrontaba los exámenes de septiembre del que esperaba fuera mi último año en la universidad. Desayuné en la cocina con mi padres, habían salido a comprar churros con chocolate y yo, por madrugador, me convertí en beneficiario (mis hermanos todavía dormían en sus respectivas habitaciones). Papá y Mamá iban a pasar el día con unos amigos a la playa del Médano, yo salí a la calle, arranqué mi coche rojo y conduje hasta la biblioteca de la universidad, serían las nueve y media de la mañana cuando me senté a estudiar, una hora más en la península, en Madrid, ese mismo día y a esa misma hora exacta, Walid, profesor de literatura árabe, sin conocer una palabra de español, a miles de kilómetros de su casa y de su cultura, recién expulsado de Marruecos tras haberse hecho un hueco de varios años en ese país, con apenas unos miles de pesetas en el bolsillo, pedía alojamiento en una pensión de mala muerte: las sábanas ásperas y casi sucias, un ventanuco que daba a un patio lúgubre, el miedo enclaustrado, solo Walid, un agujero oscuro rasgándole el pecho, la soledad absoluta, el futuro en blanco…

¿Por qué yo sí y él no?, ¿Por qué él no y yo sí?

A continuación la entrevista con Antonio Lozano:

Sobre el proceso creativo

PMC. Antonio, conociste al protagonista de esta historia en el festival de Agüimes (por el cual te felicito, ya que como decía, ambos festivales tienen una magia especial) ¿cómo surge la conexión y cómo es el proceso en el que el protagonista te cuenta la novela?

AL. Hacía ya años que conocía a Walid, porque en ocasiones anteriores había participado como ponente en el Festival del Sur. Pero nunca habíamos hablado sobre su llegada a España, y le pregunté por ello una noche, mientras cenábamos. Su mujer y él se miraron sonriendo y me dijo: “Si yo te contara, Antonio…”. Le pedí que lo hiciera y nada más terminar le pedí que me dejara contarlo en una novela. Accedió, supongo que pensando que al día siguiente se me habría olvidado. Pero no, no se me olvidó porque me pareció una historia digna de ser contada. Es más, una historia que había que contar. A partir de ahí empieza una comunicación densa con Walid, por correspondencia primero y después con visitas a su casa de Madrid, donde mantuvimos largas charlas en las que me iba contando detalles que me interesaba reflejar en la novela.

¿Crees que por el hecho de ser una novela que te cuentan, y no una novela completamente inventada, afecta en algo al proceso creativo? Tú naciste en Tánger, conoces Marruecos, conoces España, cuando escribiste «El caso Sankara», interesantísima novela sobre el líder revolucionario de Burkina Fasso, te trasladaste a ese país durante una temporada. ¿Te planteaste alguna vez ir a Bagdad? ¿Cómo se enfrenta el escritor ante el hecho de escribir sobre una ciudad en la que nunca ha estado?

El proceso creativo cambia, claro. Al ser una historia real, hay menos margen para la ficción, para la invención. Es un proceso diferente a cualquiera de mis otras novelas: aquí tenía al protagonista delante de mí, él me contaba la historia, no podía manejarlo a mi antojo. Él mandaba, no yo. Nunca me planteé ir a Bagdad. Entre lo que él me contó y lo que leí en libros y guías sobre la ciudad, la recreé para la novela. Aunque es cierto que eché mano de mis vivencias en el mundo árabe para recrear los ambientes humanos.

De tu obra literaria conozco El caso Sankara (Premio Ciudad de Carmona) y las Cenizas de Bagdad (Premio Benito Pérez Armas), en las dos consigues atrapar al lector desde la primera línea. En tu proceso creativo, ¿qué importancia tiene atrapar al lector?

Intentar atrapar al lector es para mí un reto fundamental a la hora de escribir una novela. Significa establecer con él lazos de complicidad para compartir la historia narrada, para compartir las horas de lectura. Sí una novela que te atrapa desde el principio, ya tienes medio camino hecho en esa aventura singular e irrepetible que empieza cuando abres el libro y termina cuando lo cierras. Como lector es también lo primero que le pido a una novela. Eso no quiere decir que sea una condición sine qua non para que una novela sea buena, en absoluto. Hay novelas maravillosas que no poseen esa cualidad ni pretenden tenerla, porque no es ése el camino que requieren, obras densas y cuya lectura requiere un esfuerzo mayor pero que no dejan por ello de ser grandes novelas.

Sobre Irak

En España estamos acostumbrados a una inmigración que huye de la pobreza, no es el caso exacto de Walid, que huye de Irak por motivos políticos. ¿Cómo te hablaba Walid del régimen de Saddan Hussein en los últimos años de la guerra contra Irán y de los previos a la guerra de Kuwait?

Como no podía ser menos, por sus convicciones democráticas y por haberlo sufrido en su propia carne –en sentido real y no en figurado-, Walid es una persona absolutamente contraria al régimen de Saddam Hussein. Para él era un dictador sanguinario, uno de esos líderes atroces que han pasado por el poder en algún lugar del mundo sin que uno comprenda cómo es posible que así haya sido. Él luchó contra el dictador y fue encarcelado y torturado por ello. Sin embargo, ese hecho incontestable nunca le hizo justificar la invasión de Irak, porque sabía perfectamente que el objetivo no era derrocar a Saddam Hussein, ni siquiera impedir que destruyera el mundo con sus supuestas e inexistentes armas de destrucción masiva. Y que en cualquier caso, no puede justificar el derrocamiento de ningún dictador la destrucción de un país y el asesinato de cientos de miles de inocentes, más aún cuando esa acción procede de un país, los EEUU, con una larga experiencia en derrocar a jefes de estados contrarios a sus intereses sin necesidad de masacrar a sus pueblos.

Las escenas de la tortura en la cárcel de Abu Ghraib son sobrecogedoras, en mi texto anterior rescaté una frase de la novela «La fuerza que le ayudaba a vencer el miedo a la tortura era muy superior a la tortura misma» ¿Percibiste esa fuerza en Walid?

Sin duda. Y eso es algo que siempre he admirado en esos luchadores que se ven confrontados a la experiencia de la tortura, o incluso simplemente a la experiencia de la encarcelación. A pesar de haber pasado por la terrible situación, en cuanto tienen la oportunidad vuelven a la lucha. Eso hizo Walid, eso han hecho y lo siguen haciendo en todos los lugares del mundo en los que mandan la injusticia, héroes anónimos que son quienes de verdad hacen que las cosas se transformen, aunque deban pasar muchos años para ello y ellos nunca lo lleguen a ver. En ellos, la fuerza de las convicciones está por encima de todo, por encima del miedo.

Me imagino que nadie será el mismo después de la tortura, ni el torturado, ni su familia. El padre de Rachid, amigo de Walid que murió en la cárcel, le dice a Walid cuando es liberado: «cuéntame cómo fue tu paso por la cárcel, necesito saber lo que vivió mi hijo, necesito sufrir como él lo hizo». El régimen de Saddan Hussein mató, torturó, roció con armas químicas ciudades kurdas. ¿Qué se podía hacer para derribar ese régimen sanguinario?

Como decía antes, EEUU dispone de una larga experiencia en quitar y poner líderes ahí donde le interesa. En América latina sobran los ejemplos. Si hubiera querido derribarlo por otros medios, capacidad tenía para ello. Lo podría haber hecho tras la primera guerra del golfo, pero no le interesaba en ese momento, porque le venía bien tener en ese país estratégico a un gobernante desacreditado y maniatado. El derrocamiento de Saddam tenía que haber venido del interior, y hubo intentos, pero no pudo ser. Es increíble cómo un hombre y su entorno puede llegar a ser capaz de secuestrar a todo un pueblo.

Leo el siguiente párrafo, dime por favor, Antonio, qué te parece: «Con la aprobación, el 29 de septiembre de 2006, de la Ley sobre Comisiones Militares, el Congreso de Estados Unidos, dio el visto bueno en la práctica a las violaciones contra los derechos humanos cometidas por Estados Unidos en la “guerra contra el terror”. En el contexto de la “guerra contra el terror”, el gobierno estadounidense ha recurrido a las detenciones secretas, a las desapariciones forzadas, a las detenciones prolongadas en régimen de incomunicación, a las detenciones indefinidas sin cargos, a las detenciones arbitrarias, y a la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes».

Me parece simplemente que quienes aprobaron eso deberían ser juzgados por crímenes contra la Humanidad, por muy presidentes de los EEUU que sean. De hecho, hoy se levantan muchas voces en EEUU a favor de la creación de una Comisión de la Verdad que explique todo lo que ha ocurrido en esos nefastos años de Bush. La extraordinaria doble moral que impera en la política internacional nos ofrece ejemplos como ése: quienes se erigen en adalides de la libertad y de la democracia legalizan la tortura o crean Guantánamos, y se permiten después bloquear a otros países por su falta de democracia. ¿Alguien ha visto a los EEUU levantar la voz contra uno de los peores dictadores, un auténtico Saddam Hussein, como Obiang Nguema? Muy al contrario, Condolezza Rice lo calificó de gran amigo de los EEUU.

Walid se encuentra con la guerra de Kuwait cuando ya ha logrado escapar a Marruecos, en la novela se comenta las razones de ello, por un lado razones territoriales desde la colonización, pero por otro, el interés de EEUU y Europa de que Kuwait produjera más petróleo para abaratar precios, el interés de EEUU y Europa de vender armas. En la reciente guerra de Irak se aludió a las armas de destrucción masiva pero todo el mundo sabe que se trató de una guerra para controlar las reservas petrolíferas de la zona. Walid comenta durante la novela «sólo hay un Dios para esta gente, ni libertad, ni democracia, sólo dinero, ¿de qué materia están hechas las almas humanas y las sociedades creadas por el hombre?» ¿Tendrías alguna respuesta a esta pregunta que se hace tu protagonista?

La respuesta está en lo que comentaba hace un momento sobre la relación de EEUU sobre Obiang Nguema. Está también en lo que está ocurriendo en el Congo, donde las potencias industrializadas están llevando a cabo una guerra para el control del coltán que ha dejado desde 1998 más de 5 millones y medio de muertos, la mayor cifra de víctimas registradas en un conflicto bélico desde la segunda guerra mundial, está en la imposición de líderes corruptos y sanguinarios allá donde los necesiten para garantizar el suministro de las materia primas. La violación de los derechos humanos sólo es un delito en aquellos países donde nada tienen o pueden obtener. En caso contrario, aunque lapiden a las mujeres por adulterio, como en Arabia Saudí, si te necesito, eres mi amigo, no pasa nada. La respuesta está también desde luego, en Irak, donde para controlar el petróleo de la región no hay el más mínimo inconveniente en destrozar un país y matar a cientos de miles de hombres, mujeres y niños que no han cometido más delito que el de vivir sometidos a un tirano que los EEUU aupó al poder para debilitar a Irán.

Sobre la cultura como compromiso

Antonio, tú eres de los que creen en la fuerza de la cultura como instrumento transmisor de las ideas ¿no tienes la impresión de que cuando la cultura es crítica con la sociedad no llega ni interesa a los que realmente van dirigidos esas creaciones culturales, de que la cultura no tiene nada que hacer frente al dinero?, ¿qué al final la cultura es un entretenimiento sin trascendencia?

Sin duda, la cultura crítica –y toda cultura debe serlo, por definición-  no interesa al poder. Así y todo, creo en el poder de la cultura. Aún sobreviviendo frente al poder y a pesar de éste, ha demostrado en numerosas ocasiones históricas ser capaz de luchar con éxito para mejorar la condición humana. En muchas dictaduras, y en la franquista también, fue un elemento clave para concienciar a la gente, para darle la estocada final. El papel que desempeñaron, por ejemplo, los cantautores y otros sectores de la cultura para acabar con el franquismo fue importante. No por nada muchos creadores han terminado en la cárcel, sino por ser peligrosos para el poder. Y los intelectuales africanos, fundamentalmente los escritores, que crearon el movimiento de la Negritud y los que los siguieron fueron determinantes para la consecución de las independencias, porque imbuyeron de una conciencia rebelde contra el colonialismo no sólo a parte de sus sociedades sino también la de la metrópoli, sobre todo en el caso de Francia.

Sobre las migraciones

Es cierto que el trasfondo de la novela es Irak, pero verdaderamente «Las cenizas de Bagdad es una historia de emigración, las vivencias durísimas de Walid huyendo de Irak a Marruecos y después a España. ¿Estamos demasiado acostumbrados a escuchar las cifras de la emigración y no somos capaces de distinguir lo que pasan, lo que sienten, los individuos que aunados conforman esas estadísticas? Personalmente me parece terrible, en el caso de Walid pasar por Marruecos fue complicado pero menos que por Madrid. En Marruecos se encontró con una cultura parecida, ¡qué grande la cultura y el idioma el árabe y sus posibilidades de comunicación!, pero la llegada a España de una persona formada, de más de cuarenta años, alojada en una pensión de mala muerte, sin nada en el bolsillo y con un futuro en blanco. ¿Cree que los españoles, tan acomodados como estamos, somos capaces de ponernos en el lugar de estas personas?

Sí, la emigración es una forma de exilio. Efectivamente, creo que nuestra sociedad no está afrontando el fenómeno de la emigración como debiera. Creo que las preguntas que nos hacemos se dirigen fundamentalmente a nosotros mismos: ¿Qué nos va a ocurrir? ¿Qué va a pasar con nuestros puestos de trabajo, con nuestra identidad, con nuestra seguridad? Esas preguntas, siendo lógicas, son insuficientes. No podemos afrontar el fenómeno sin preguntarnos por sus raíces, sin comprender por qué un ser humano es capaz de tomar esa decisión, sin hacer el más mínimo esfuerzo por conocer, por acercarnos al Otro. Ni siquiera somos capaces de hacer un esfuerzo de memoria histórica y de recordar que quienes hicieron ese mismo viaje hace unas pocas décadas desde nuestras islas fueron los héroes que salvaron a quienes se quedaron aquí, que la penuria aquí padecida nos obligó también a nosotros a afrontar el exilio, la humillación, y a menudo también la muerte.

Leo de la novela «pensé que los nacidos con una identidad y un país en que vivir sin problemas jamás podrán entender a quienes se encuentran a este otro lado de la frontera, porque un abismo separa el acto rutinario de levantarse cada mañana con un documento de identidad en el bolsillo de la sensación de indocumentado, de ser perseguido a todas horas como un delincuente» Y añado yo, «y que encima proviene de un país raro». Cuéntanos la anécdota del país raro.

Cuando el visado turístico por tres meses con el que Walid entró en España expiró, se encontró en España en situación ilegal. Eso lo llevó a recorrer el duro camino de la legalización de su estadía, de la obtención de papeles, como otros miles de personas. En ese camino tuvo que visitar varias veces las comisarías, y en una ocasión en la que, en una de esas visitas, la funcionaria que lo atendía no encontraba su expediente porque no había ningún caso pendiente de Irak, él observó que en una de las estanterías se encontraba un fichero marcado con “Países raros”. Le pidió a la funcionara que buscara allí y efectivamente entre los países raros estaba metido Irak. La anécdota me pareció del todo simbólica y da pie en la novela a una reflexión sobre la visión que tenemos en nuestro país de los mundos “distintos” al nuestro. En un principio “Países raros” iba a ser el título de la novela…

Me ha llamado la atención un comentario de un lector de un periódico digital a raíz de una entrevista suya, el comentario, bajo mi punto de vista aberrante, dice lo siguiente: «a ver si Lozano escribe una novela sobre los que tenemos que soportar y sufrir a esos inmigrantes, aunque eso seguro que no vende tanto ¿no?». Yo tengo conocidos, gente de mi edad, universitaria, que si bien no lo reconocen abiertamente, también piensan de esta manera. ¿Qué opinas?

Creo que el comentario de ese lector refleja algo que está sucediendo en la sociedad española, que no es un comentario aislado. En El País, en abril de 2008, aparecía esta noticia: “La llegada de nuevos inmigrantes será indispensable para cubrir los puestos de trabajo en España durante los próximos años. Incluso aunque las condiciones económicas no fueran buenas, harán falta de media unos 157.000 nuevos extranjeros al año hasta 2020. Actualmente hay la mitad de jóvenes con 16 años que en 1992” Esa realidad también merece una reflexión, y se ve que muchos no están dispuestos a afrontarlas. Aunque, afortunadamente, no todos piensan así: a quien hizo ese comentario alguien le contestó con otro: “a ver si alguien escribe una novela sobre los que tenemos que sufrir a ignorantes como tú…” Evidentemente, la sociedad española está dividida en este asunto, y cierto discurso político contribuye a ello: la instrumentalización y la criminalización de la emigración con fines electorales es un arma de doble filo que nos puede llevar a problemas de fractura social futuros muy serios. Y, si no, que se lo pregunten a los franceses. Una actitud política responsable debería llevar a las autoridades a facilitar a la sociedad española los cambios profundos que conlleva la necesaria e inevitable incorporación de personas de otras culturas a nuestro país.

Como conclusión

Antonio, dedicas la novela a Walid y a Lina, con todo su afecto. A Nabil, hijo de las dos orillas y a su amigo Carlos. ¿Quien es Carlos?

Carlos es mi hijo. Es menor que Nabil, pero se han hecho muy amigos. Y mientras Walid y yo nos reuníamos para darle forma al libro, ellos dos hablaban, jugaban y alimentaban su amistad. Nabil es hijo de las dos orillas porque su madre, Lina, es española. Personas como Nabil unen a las dos orillas con fuerza, porque son hijos del amor y están por encima del poder político, económico y religioso. Y es desde luego una conclusión esperanzadora porque nos habla de un futuro distinto y posible para la Humanidad.

Antonio Lozano
Antonio Lozano
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