Un sudario, de Rafael José Díaz

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  La infancia es la ingenuidad y la vida, la madurez es la muerte; para la que se fabrica un sudario. ¿Qué es lo que muere? ¿Es el hombre o es una etapa en el hombre? Me gustaría pensar que es una etapa del hombre, de un hombre capaz de resucitar. Y la soledad, esa a veces deseada a veces dolorosa soledad, la soledad por no encontrar tu sitio en el mundo. Rafael José Díaz nos regala un libro bellísimo (Un sudario, editorial Pre-textos). ¿Para qué sirve la poesía? se pregunta Santiago Gil en una reseña sobre este mismo título, ¿para qué sirve un orgasmo? respondió una vez José Ovejero a una pregunta similar. Aunque sea un orgasmo con palabras que (a veces) duelan, esa forma de belleza.

 La infancia es la ingenuidad, es la vida, es el niño que se va a bañar a la gruta, donde jadeantes nadaríamos hasta donde los otros niños / para gritarle al techo de la gruta / un revuelo de sílabas / nuestra forma de dar / las gracias desde el fondo / como peces aún vivos. Es el niño que juega con su padre al tenis en la cancha y que cuando sube a la montaña que la bordea no siente vértigo, porque era un niño… Ese niño ingenuo y feliz que no imagina, que no sabe que la noche / cerrará en torno a él / más tarde, sus compuertas.

La madurez es la montaña a la que miró aquel niño, la montaña que escondida / detrás de la primera ya ganada / daría paso a otra más. Una travesía que deja las manos heridas por las zarzas / en el penoso esfuerzo de avanzar. Esa es la madurez hacia la que ha caminado aquel ya no niño, frente al que se ha desplegado siempre un paisaje de aridez, o a veces un paseo arbolado, árboles de invierno, árboles / inmóviles que no parecen vivos: / acompañan los pasos y no ofrecen piedad alguna ni consuelo / y ni siquiera ternura o protección en la intemperie. ¿Quizás por ello sea necesario huir? pero no era fácil / desvestirse a medida que avanzaba / olvidar las palabras de mi lengua / responder a otro nombre / mirar en el espejo un rostro nuevo. No, no era fácil tratar de inventarse sin que irremediablemente se tenga que convivir con una profunda soledad, una soledad dolorosa como si fuera un perro abandonado que al despertar les ladra / a sombras que no sabe / si nacieron de un sueño o de su propio / cuerpo encogido, quejumbroso / mientras se despereza…

¿Es esa soledad producto de una sexualidad insatisfecha, compulsiva, y vacía?, como en ese fantástico y doloroso poema, en el que obligado por el deseo contenido el hombre sale de casa a las deshoras de la noche, a las calles fantasmales… para acabar solo frente al gemido de las olas y perderse en los bosques de luceros, evocando, tal vez, a aquel otro niño que imaginó, aún sin rostro, con el que correr sin parar y descorrer / las cortinas que todo lo ocultaban / la luz, la tierra, el aire, el fuego, el agua, aquello que se deseó mientras se era ingenuo y feliz y sin embargo ahora, ¿caída? ¿Desgaste? ¿Podredumbre? ¿Huída? Y lo único que queda, lo único que permanece, pero ya no sabe ni dónde / es el amor que dio a quien no pudo amarle…

¿Qué será de ti, vida? -se pregunta el hombre- ¿hacia dónde diriges silenciosa tus pasos, si lo sabes, si acaso sabes algo acerca de ti misma? ¡Pero espera!, hay tiempo aún / para que te incorpores. / Podrías, si quisieras, / aprender a volar sobre las aguas…

No sé si, sin utilizar palabras mías, sino las del poeta (mezclando versos de distintos poemas), he contado una historia de final esperanzador (soy novelista, no poeta); pero es esta breve reseña tan sólo una lectura de las muchas lecturas, de las muchas riquezas y de los muchos hallazgos que nos ofrece y nos regala, este hondo, intenso, desgarrador e inquietante poemario, esta forma de belleza.

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Un comentario

  1. Acabo de leer tu reflexión sobre el libro el sudario y me ha encantado. Una vez mas me vuelves a sorprender con tus reflexiones, sobre los libros que lees, reflexiones profundas, emotivas, intimistas y cargadas de sensibilidad. un abrazo
    Disaiar

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