Patria, la cárcel de aquel nacionalismo

patria_aramburuHe terminado de leer PATRIA, una novela que todos los españoles deberíamos leer, una novela que me acompañará toda la vida como una de esas obras sólidas, bien escritas, que muestran/enseñan algo muy importante, una novela que se convertirá en un clásico sobre el conflicto vasco y sobre la España de una época.
Y una novela para combatir la ignorancia, la mía propia, apenas sin referencias sobre aquel conflicto que se desarrollaba en mi propio país, y del que sólo intuía/veía los atentados que mostraban en la tele. Mis pocas experiencias con el País Vasco no me permitieron conocer/imaginar lo que pasaba en los cimientos de esa sociedad:  el chico vasco al que su familia había enviado a Bruselas una temporada, allá por el 95, que defendía los asesinatos de ETA y al que le pregunté si le parecería bien que me matasen a mí; los policías que me siguieron ese mismo año unos quince kilómetros cuando venía de Francia, cruzando la frontera por Irún, y que me detuvieron para pedirme la documentación y revisarme el coche; la amiga que fui a visitar a un pueblo cercano a Bilbao y que estaba tan ilusionada por presentarme a la cuadrilla: la cuadrilla por aquí, la cuadrilla por allá, la cuadrilla como un todo indivisible siempre omnipresente; la cena posterior en la taberna donde colgaban las fotos de los presos etarras y los cánticos de todos ellos, tras los calimochos, insultando al Rey a bocajarro. No, no tenía ni idea de lo que pasaba de verdad. Tan sólo una vez lo llegué a imaginar, viendo las noticias un día que hubo un atentado; los habitantes de un pueblo se reunían en un ayuntamiento, unos para pedir que el pleno municipal condenara el asesinato y otros para apoyar a los que no lo hacían. En eso la cámara recogió una conversación, una señora que podría ser mi madre le recriminaba a un muchacho de mi edad que se estaban equivocando, lo llamaba por su nombre de pila, le decía que tenéis que parar, que esto no lleva a ningún sitio; y el chico le respondía alterado que no, y la llamaba también por su nombre de pila, que los que estáis equivocados sois vosotros, que no vamos a parar, que seguiremos hasta el final… Me quedé helado al escuchar aquello, fue la primera vez que intuí la tremenda fractura social que ahora he leído en PATRIA.

 

Podría resaltar tantos aspectos de esta magnífica obra, de cada uno de sus personajes, pero me quedo con una cosa principalmente: la cárcel que suponía ese tipo de nacionalismo, quizás intensificado por el hecho de que los protagonistas viviesen en un pueblo. Todo lo que viniera de fuera era malo: si no hablabas euskera, malo; si no tenías apellidos vascos, malo; si te relacionabas con gentes de otros sitios, malo; si no seguías lo que se suponía que debías hacer y que hacían todos los de tu cuadrilla, malo; si hablabas o saludabas a alguien que no hacía lo que todos, malo, etc., etc., etc. Y sólo un único argumento, la libertad de Euskal Herria. Esto fue, sin duda, lo que más me agobió/impresionó, esa sensación de cárcel, (¿sería por eso por lo que la familia envió a aquel chico a Bruselas?), esa sensación de falta de libertad para hacer u opinar lo que te diera la gana, ese sistema colectivo de presión (¿esas cuadrillas omnipresentes?), de hacerte el vacío, de realizar pintadas públicas en tu contra, de mandarte a los pistoleros si te oponías a la mayoría. La sociedad dividida, fragmentada, el conflicto que todo lo impregna, el miedo a opinar o a actuar distinto; o el estado de alerta constante para vigilar que todos piensen y actúen como tú, para decidir quiénes son verdaderos vascos y quiénes no. Una sociedad viciada, donde reinaba el autoritarismo y el miedo.

 

Y después estaban los atentados, según avanzaba en la lectura me recordaba al ambiente descrito en otras novelas, de Jorge Eduardo Benavides relatando los peores años de Sendero luminoso en Perú, o de Juan Gabriel Vásquez narrando los años más duros en Colombia. Leía Patria y pensaba en Perú, y pensaba en Colombia, y me sorprendía porque  yo, aquí al sur del sur, no lo había vivido así, no lo había sentido así, y me refrendaba en la necesidad de que había que leer PATRIA, de que debíamos conocer y no olvidar esa parte de la historia que se vivió en este país de Europa Occidental hace muy pocos años.

 

Aun así he echado en falta dos cosas. Por un lado creo que en ningún momento se ofrecen los argumentos por los cuales Euskal Herria es considerado un territorio sometido. Durante toda la novela está esa idea del yugo de los españoles, pero sin embargo no ofrece los argumentos que expliquen ese sometimiento español. Tan sólo hay una escena en la que Miren –¡puff, menuda mujer…!- va a hablar con el cura y éste le da una serie de argumentos más emocionales que otra cosa, y ella se va completamente convencida de la lucha armada. ¿Era necesario mostrar esos argumentos, más racionales que emocionales, que me hubiese gustado leer, o de tan sabidos en esa sociedad era innecesario explicarlos? ¿Acaso es un intento del autor de mostrar que la libertad de Euskal Herria es un asunto que se adopta emocionalmente, a pie juntillas, por sus seguidores (como lo hizo el más bruto de los hijos de Miren), y no de una manera racional?

 

La otra cosa que eché de menos no la digo, porque es secundaria e irrelevante en este comentario.

 

Podría hablar de más cosas, de la estructura, del uso del lenguaje, de los diálogos sin acotaciones, del humor que se cuela en algunos de esos diálogos, de cómo al final, cuando ETA ha abandonado la lucha armada se va diluyendo la cárcel nacionalista que impulsaba o maniataba a los personajes, esa cárcel que acaba siendo una verdadera cárcel para los violentos, mientras que el resto va recobrando una vida más normalizada, intentando olvidar y perdonar; porque el olvido y el perdón también son dos de los temas fundamentales de esta novela.

 

Leí PATRIA, 640 páginas, en tres días, es eso casi lo mejor que puedo decir; y mientras leía y leía sin poder parar me perturbé, me emocioné, me dieron escalofríos, suspiré de asombro, me llevé las manos a la cabeza, rechiné los dientes, me asaltó la ansiedad, la angustia, sufrí, reí, entendí, odié y amé a sus personajes. Y cuando terminé exhausto y descompuesto y con el alma en vilo por la última escena que estaba esperando desde hacía doscientas páginas, me dije: pero qué novelón, y pensé una vez más: viva la literatura, que imprescindible manera de situarse y comprender este mundo, de combatir la ignorancia y el desconocimiento (los míos propios), y subí una foto de la portada en Facebook y escribí: todo el mundo a leer PATRIA, por favor; y gracias, gracias Fernando Aramburu por regalarnos esta inolvidable novela.
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