Sobre lo que me sucedió al recoger a dos autostopistas

Vi desde lejos las dos mochilas grandes cargadas en sus espaldas, estaban haciendo autostop cerca de la autopista, frente a la piscina municipal, eran una pareja joven, chico y chica, fue él quien levantó el dedo, enseguida me vino a la mente cuando yo era como ellos y paré. Corrieron unos metros para alcanzarme, ella abrió la puerta del copiloto y él la puerta de atrás, voy al aeropuerto, les dije, nosotros a Garachico, nos sirve -respondió el chico hablando en español con acento francés-, pues venga, para adentro, gracias, gracias, señor. Eran Andrea y Christophe, tenían unos veinticinco años, ella de Eslovaquia y él de Francia, en unos segundos su colorida aurea de aventureros, de enamorados, impregnó el interior del coche.

 

¿Les paran mucho haciendo dedo en Tenerife? -les pregunté-, y resulta que llevaban más de seis meses viajando así, desde que habían salido de Eslovaquia en dirección sur. De hecho, era la condición que se habían impuesto en ese viaje, no gastarían dinero ni en transportes ni en hoteles, solo viajarían haciendo dedo (era una buena manera de poder tener la oportunidad de conocer a locales, me explicaron), por carretera, por mar, desde Lisboa se habían embarcado en un velero hasta Madeira, de ahí a Canarias, después seguían la ruta hasta Cabo Verde y posteriormente Brasil. Dormían en tienda de campaña donde les pillara, o donde les acogieran. Me quedé agradablemente sorprendido al escuchar aquello, cuando tenía su edad yo había hecho un viaje parecido pero no me había impuesto ese tipo de condiciones; tenía mil preguntas que hacerles, y ellos mil aventuras que compartir conmigo… El trayecto se hizo demasiado corto hasta llegar al aeropuerto, antes de despedirse me dieron un papelito con una dirección de Facebook, Be-my-tryp, forma parte de mi viaje, ponía debajo de una foto del mapa del mundo. Les escribí nada más pasar el control de acceso a la zona de embarque: chicos, un placer haberles conocido, haber sido parte de su viaje; y unos minutos más tarde, tras haber localizado la puerta de mi vuelo -yo iba para Madrid y regresaba al día siguiente- añadí: si vuelven por Santa Cruz les invito a cenar y a dormir en casa. Por la noche recibí su respuesta, regresaban a Santa Cruz el jueves y aceptaban encantados mi invitación.

 

Así que anoche cenamos en casa, entraron con sus mochilas, les enseñé la habitación de invitados, exclamaron sorprendidos al ver la cama, como si no hubiesen visto una hacía tiempo, yo ya había imaginado que esa iba a ser su reacción y sonreí al escucharla. Agradecieron darse una ducha, mientras uno iba al baño el otro hablaba conmigo en la cocina; estábamos los tres descalzos, preparamos la mesa juntos, descorchamos el vino, brindamos por nuestro encuentro y empezamos a contarnos aventuras, ellos las suyas, yo las mías; me preguntaban sobre mi viaje de vuelta al mundo, entonces era tan distinto de ahora, sin internet, sin móviles, sin tarjetas de crédito, Andrea tenía dos años y Christophe cuatro cuando aquello. Reían, imaginaban situaciones, se miraban cómplices diciéndose tantas cosas que eran solo suyas; y eran tan jóvenes, y tan guapos, y tan simpáticos, y tan respetuosos, tomaban la iniciativa para recoger los platos cuando terminábamos, los fregaban, nos servíamos un poco más de vino, continuábamos con la animada charla, les encantó el helado que compré para el postre, rebañamos los tres el fondo del vaso. Me fijaba en sus caras brillantes cuando les conté algunas cosas de Canarias, del papel que habían jugado con América -les había encantado La Laguna y ahora la comprendían mejor-, escuchaban absortos, con los ojos bien abiertos, con una agradecida sonrisa, siendo conscientes de que ese tipo de conversaciones, de encuentros, eran la razón de su viaje. ¿Qué quieren hacer cuando terminen de viajar? -les pregunté-, querían montar un bed and breakfast en una zona de montaña, algo con lo que pudiesen ganarse la vida y ser ellos mismos, compartir con otros viajeros este tipo de experiencias; y lo tenían tan claro -se miraban esperanzados a los ojos pensando en su futuro-, y eran tan libres, y estaban tan llenos de vida… Después de tres horas de charla tocaba ir a dormir, Christophe estaba ya en la cama bajo las sábanas cuando salí de lavarme los dientes, me dio, feliz, las buenas noches desde allí mientras yo pasaba para mi cuarto, sonreí con su naturalidad, con su confianza. Se levantaron a las siete para acompañarme en el desayuno, se iban ese mismo día, les había dicho que se quedaran en casa todo el tiempo que quisieran, a dormir otra noche más incluso si cambiaban de planes, no sé por qué salió el tema de que hoy era viernes pero ellos no lo tenían en mente, no habían reparado de que empezaba el fin de semana. Nos dimos un abrazo cariñoso al despedirnos, Andrea se puso de puntillas para darme dos besos, me fui a la oficina contento de que se hubiesen quedado en casa solos.

 

               Fue un día complicado en el trabajo, tuve tres reuniones largas, me acordaba de los chicos entre una y otra, no sé cuántas llamadas, decenas y decenas de emails por responder, de que iban a buscar un velero para ir de Canarias a Cabo Verde, cargando la agenda de reuniones para la semana que viene, de la coloreada ilusión con la que hablaban de su viaje mientras compartíamos el vino, pensando que no me daba tiempo de terminar todo lo que tenía pendiente antes de empezar el fin de semana, de que ellos ni siquiera sabían que era viernes… Salí del despacho pasadas las seis de la tarde, ya había anochecido y fui directamente a casa con la callada esperanza de que estuviesen allí, de que hubiesen decidido quedarse una noche más, de poder compartir tantas cosas que ellos tenían y que yo había tenido, -y que quizás me faltaban, no hay nada más poderoso que la memoria, escuché alguna vez-, u otras que yo tenía y que a ellos les gustaba escuchar. Subí inquieto el ascensor hasta el quinto piso, impaciente, nervioso, metí la llave en la cerradura y la giré despacio, tristemente comprobé cómo abrió a la primera, no estaba pasada la llave de seguridad, se habían ido dejando las llaves dentro como habíamos acordado, rechisté… Pero nada más entrar me di cuenta de que había permanecido su olor, sería su jabón, o sus aventuras, entré en el baño y el plato de la ducha y la alfombra estaban mojados, se habían marchado hacía poco, volví a rechistar… Me dejaron en el salón una cariñosa nota de agradecimiento, de despedida, quizás de hasta luego, me senté en el sillón a leerla, la casa estaba en silencio, gracias querido Pablo, escribían al final, y yo sonreí, reflexioné, pensé, yo también tenía mucho que agradecerles, y tenía que decírselo…

 

Foto: agosto 1995, Londres, punto de inicio y final de aquella vuelta al mundo. Frente a la agencia de viajes a la que había que desplazarse para comprar los billetes.

Y abajo, los tres, en diciembre de 2017.

 

 

 

 

 

 


 

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6 comentarios

  1. Me ha encantado el relato Pablo! Yo estaba ahí también sentada en tu sillón observando todo! Así me lo has hecho sentir. Espero leer pronto otra historia

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