Semblanza de Alfonso

Cuando estábamos empezando a conocernos, Alfonso Delgado me propuso leer el manuscrito de mi primera novela, Tú eres azul cobalto, que por entonces tenía terminada y estaba a la búsqueda de editor, imprimí una copia y se la di, días más tarde quedamos en su gabinete donde me hizo, con mucho respeto, una acertada crítica; siempre le estuve agradecido por ello, fue el detonante de nuestra grandísima amistad. Los consejos de Alfonso me hicieron revisar la novela antes de ser publicada y ya ella siguió su camino, en parte gracias a él. Porque Alfonso, al que yo conocía como pintor, era también un estupendo lector, una herencia que le venía de su bisabuelo, primer librero de Canarias, que tuvo que inculcar a sus hijos -y siguió girando la rueda-, el amor por los libros. De hecho, hablar de cultura con Alfonso era una auténtica delicia: literatura, escultura, pintura, teatro, cine, música, Grecia, Francia, su conocimiento era inabarcable para mí; cuando le preguntaba dónde estaba el origen de todo aquel interés me hablaba de su padre, de la agitada vida cultural del Santa Cruz de los años 70, aquella época de las movilizaciones contra el franquismo, de su amigo Félix Francisco Casanova, con quien compartía todas esas inquietudes. Alfonso siempre me habló de su amistad con Félix, antes incluso de que fuera descubierto en la escena nacional, y a mí, escucharlo, me producía una cierta e ingenua envidia, por no haber compartido aquella convulsa época agitadora de conciencias, y aquellos momentos de conversaciones interminables entre ellos dos. Lo mismo me ocurría cuando nos reuníamos con su amigo el escritor Vicente Molina Foix, cuando fuimos a Madrid porque Vicente me presentaba “La felicidad amarga”, y en la cena posterior yo los escuchaba hablar, pensaba en toda la vida que me había perdido, aunque, afortunadamente, estaban ellos dos allí para contármela.

De todo eso hablábamos los domingos tempranito por la mañana, cuando lo recogía en el coche los años que estuvimos yendo a jugar a las palas a la playa de las Teresitas. A él le encantaba el juego porque decía que era un deporte en el que no se luchaba contra el otro, sino que se luchaba junto al otro para mantener la pelota viva. Después de una hora disfrutando de las palas -porque jugábamos a un buen nivel-, después del esfuerzo, el sudor, la vitalidad, la tranquilidad de esas horas de la mañana, después de esa inyección de vida, él salía corriendo para zambullirse en su amado mar, y disfrutaba de cada brazada como si de una pincelada se tratase. Cuando salíamos los dos para secarnos siempre exclamábamos lo mismo: ¡Y mira que tener que morirnos!

Alfonso era así, un apasionado, si alguien me enseñó a amar la vida, sin duda fue él. La pasión es una de las cualidades que más admiro en las personas, y él la tenía en todo lo que llevaba a cabo. Alfonso el apasionado, el vitalista, el detallista, el generoso, una combinación de atributos muy potente. No me extraña que se quedaran con él asombrados todos sus amigos, inclusos sus amigos franceses, que lo adoraban, venían de vacaciones desde París a Tenerife por él, lo verían como una especie de autóctono peculiarísimo en una isla exótica, casi como un personaje de novela. Y él los adoraba a ellos, por las personas que eran, pero también por lo que representaba su país, la Francia que tanto había leído y tanto admiraba. A veces, de manera espontánea, hablábamos francés entre nosotros -Alfonso lo hablaba muy aceptablemente-, y éramos felices al hacerlo, porque eso nos hacía sentir internacionales dentro de los límites insulares, abiertos al mundo y a su cultura, libres.

Porque la libertad era otra de sus consignas de vida, algo que se aprecia perfectamente en la única novela que publicó, Queda la broza, esa magnífica edición llevada a cabo por Juan Manuel Pardellas y Verónica Arvelo. Una bella historia en donde sus personajes anhelan por encima de todo, y por encima de los límites insulares, la libertad. Esa era su búsqueda, y por eso admiraba a todos aquellos que la perseguían, especialmente a quienes lo tenían más difícil, las mujeres: Frida Kahlo, Lou Andreas-Salomé, María Belén Morales, y por supuesto, a su querida Clarice Lispector, “No me den formulas exactas, porque no espero acertar siempre. No me muestren lo que esperan de mí, porque voy a seguir mi corazón. No me hagan ser lo que no soy, no me inviten a ser igual, porque sinceramente soy diferente. No sé amar a medias, no sé vivir de mentiras, no sé volar con los pies en la tierra”.

Alfonso, como Clarice, sí sabía volar. Esa era su libertad. Su transgresión era su libertad, sus performances eran su libertad, yo tuve la inmensa suerte de participar en una de ellas, un día hablando con él de que quería hacer algo distinto para presentar la reedición de Tú eres azul cobalto me propuso realizar una performance. Alfonso se entregó como se entregaba en todo lo que hacía, y aquellos días de ensayos, aquella noche en la que la representamos en el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz, aquella noche Alfonso nos elevó a todos, a Dori Acosta, a Rubén Díaz, a Rosamelia Tenorio y a los demás, todos experimentamos sentimientos nuevos, muy intensos y desconocidos para mí que nunca había hecho nada parecido, aquella felicidad plena y compartida que todavía echamos de menos, ¿verdad, Dori, verdad, Rosamelia?

Y qué decir del amor, de los dos amores de su vida que eran su mujer, Paloma, y su hija Lua, baste solo comentar lo que Lua escribía sobre ellos en su muro de Facebook, no es fácil que una recién veinteañera hable así públicamente de sus padres: el amor que se profesaban, cada día más intenso, cada día más enamorados, el apoyo y respeto constante entre los dos, el mejor ejemplo e inspiración que una hija podría haber tenido. Ante eso no hay nada más que decir. Una de las imágenes que más me impresionó de Alfonso sucedió en la performance “Rodeados de un montón de tigres”, él está con la cara pintada como si fuera un tigre, representa a alguien desconfiado por los desencuentros de la vida, de pronto ve un corazón, y lo lame como si fuese lo que más deseara en el mundo. La imagen de Alfonso con la cara pintada lamiendo con vehemente necesidad aquel corazón me acompaña siempre, como si fuera una metáfora de él mismo.

En casa tenemos bastantes cuadros de él, ahora que físicamente no está los miro de otra manera, como si Alfonso permaneciera en ellos, y son un recuerdo maravilloso que me acompaña, saber que todo lo que él era sigue aquí, tan cerca. En sus exposiciones siempre había un par de cuadros que me parecían especiales, tanto color, como admirador del expresionismo no es extraño que así fuera. También admiraba su templanza, y me sorprendía su equilibrio; en una de las reseñas que escribí sobre sus exposiciones hablaba de ello: su equilibrio no estaba en los pasillos, ni en las inauguraciones, ni en el reconocimiento, sino tras la puerta de su casa, en la arena pigmentada, en la sabia mano que la extiende suavemente sobre el lienzo, que se funde pacíficamente con el lienzo hasta desaparecer. De su extensa y variada obra me llamaban especialmente la atención los zapatos de mujer que decoraba, eran muy originales, una de las veces que visité las estupendas galerías de arte del barrio de Chelsea en Nueva York vi expuestos unos zapatos parecidos que la gente contemplaba con gran atención, los de Alfonso eran mucho más bonitos y elaborados; les saqué una foto y se la envié, tus zapatos merecen estar también aquí, en Nueva York, le dije. Fue entonces cuando Alfonso apareció en mi novela “La ciudad de las miradas”, hay una exposición en Santa Cruz de un pintor local, el protagonista pregunta de quién, de Alfonso Delgado, le dicen, ah no lo conozco, pues acaba de llegar de exponer en Berlín con bastante éxito. Ya sabemos, estas islas son cicateras para reconocer lo propio y generosas para apreciar lo de fuera, pero a él no le obsesionaban este tipo de cosas, ese era su equilibrio.

Así era Alfonso, pasión, libertad, generosidad, amor, vitalidad, equilibrio. David Khoury dijo estos días que Alfonso le había hecho ser mejor persona, ¡qué gran y emotiva verdad! Alfonso nos hacía ser mejores personas. En las frases escritas en las coronas de flores en su despedida Paloma y Lua escribieron: espéranos en Youkali, esa maravillosa canción que tanto le gustaba, y al fin de casi todo / mi barca vagabunda / mecida por las olas / con fuerza me arrastró… / Youkali es el país que alguien soñó / Youkali es donde se inventó el color / Youkali en su frontera se detuvo el dolor / en la oscuridad / es rayo de luz / la estrella a seguir / Youkali.

Y mientras Alfonso nos espera en Youkali yo no puedo sino acordarme del final de la performance de Tú eres azul cobalto, cuando frente al público aplaudiéndonos en pie -qué bien había salido y cuánto había gustado- me tocaba decir a mí unas palabras. Alfonso no quería intervenir porque decía que me correspondía a mí hacerlo, que era mi novela y que yo era el protagonista; pero me resultaba imposible no hablar de él, de cómo nos había elevado en aquel trabajo; entonces, sin que él lo supiera, lo llamé junto a mí y lo expliqué, y le propuse que para terminar dijésemos los dos, a la de tres, la frase que había escrito Frida en el último de sus cuadros, nos miramos cómplices porque él por supuesto había entendido, y dijimos, una, dos, y tres, y gritamos alto, fuerte, felices, y juntos: ¡Viva la vida!

Lo mismo que él gritó siempre y hasta su último segundo.

 

Foto: ¡Viva la vida!

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