Los últimos que saltamos el muro de Berlín

Ya sé que el título de este artículo puede resultar pretencioso, pero no estoy mintiendo en absoluto, fuimos los últimos en saltar el muro de Berlín; o al menos esa parte de muro que aparece en la foto, porque cuando estábamos subidos vino un policía y nos ordenó en su idioma abrupto que bajáramos, así que obedecimos (a ver quién era el guapo que le decía que no), una cuadrilla acordonó la zona, llegaron las grúas, y aquel pedazo de muro que acabábamos de saltar de un lado a otro fue derribado delante de nosotros. Todos los presentes empezamos a aplaudir, de manera solemne, emotiva; yo lo hacía, además, circunspecto, pensando en las historias que había leído ese mismo día, dándome de repente cuenta de que, sin haberlo imaginado siquiera, estaba presenciando un momento irrepetible y único.

 

Fue el 21 de julio de 1990, ocho meses después de la caída del muro, Poly, Rafa y yo, tres amigos viajando de interrail, acabábamos de cumplir veintiún años. Esta mañana estuve leyendo el diario de viaje que escribí narrando aquellas aventuras y no pude sino sonreír con cierto sonrojo: éramos unos críos, unos niñatos, es lo que tocaba, supongo. O quizás fue lo que nos tocó en el entorno en el que vivíamos, a finales de los ochenta, los primeros hijos de la democracia, el inicio de la Universidad, años facilones, sin demasiadas dificultades, no hablábamos de política ni de regímenes pasados, no teníamos más responsabilidades que estudiar, casi no teníamos luchas (he dicho casi, alguna sí), prácticamente solo estábamos pensando en divertirnos. No es que me sienta orgulloso de aquella inconciencia, pero
(al menos en mi caso) así fue.

 

Por tanto creo que no entendía del todo bien lo que el muro significaba. Claro que recordaba las imágenes de noviembre del 89, pero quizás por ese entonces eran solo eso, imágenes que vimos en el telediario, películas de espías, conceptos como dictadura, como telón de acero, los conocía, por supuesto, pero no estaban bien configurados en mi imaginario. Sin embargo aquella visita al muro de Berlín la evoqué muchísimas veces después, porque fue estando allí cuando descubrí algunas historias de personas que habían sufrido directamente las consecuencias de aquel periodo. Recuerdo de manera muy nítida una de ellas, la leímos en un pequeño memorial que estaba por la zona, una placa colocada junto a una cruz narraba la historia de un chico que quiso escapar a la parte occidental y fue abatido por los policías de la RDA. Había una foto en blanco y negro del chico muerto junto al muro, era casi de mi edad, tenía tan solo dieciocho años… Creo que fue la primera vez en mi vida que tuve verdadera conciencia de lo que significaba la palabra libertad.

 

Por eso cuando vi aquel pedazo de muro todavía en pie quise saltarlo, lo hice pensando en aquel chico que había muerto intentando hacer lo que yo sí podía hacer sin que nadie me disparase, me lo planteé como una especie de improvisado homenaje a él, también era una metáfora de algo que todavía no alcanzaba a comprender del todo, pero que ya estaba ahí, a partir de ese momento, revoloteando en mi mente…

 

Esa noche fuimos al concierto que Pink Floyd daba en la ciudad, The wall, la verdadera razón por la que habíamos llegado esa mañana a Berlín después de haber pasado toda la noche durmiendo en el tren desde Aachen. Se celebraba en la gran explanada de Potsdamer Platz, estaba a reventar de gente, la organización dijo que éramos más de trescientas cincuenta mil personas. Detrás del escenario habían construido un muro de cartón piedra que debía tener cien o doscientos metros de largo por cinco o diez de alto. Escuchamos el concierto en medio de toda aquella multitud, de aquel mar de gente, viendo las características imágenes de The wall proyectadas en el muro que hacía las veces de pantalla: los martillos negros y rojos desfilando marcialmente, la bandera que se convierte en una cruz de cementerio manchada de  sangre chorreante que acaba deslizándose por una alcantarilla, el águila con la tipología nazi agitando sus alas negras, good bye blue sky, good bye, decía la canción… En la parte final del último o del penúltimo tema, The trial,  las trescientas cincuenta mil personas enloquecimos coreando como si fuese una orden la consigna que rezaba la letra de la canción: ¡Tear down the wall! ¡Tear down the wall! ¡Derriben el muro! ¡Derriben el muro!, primero cayó un ladrillo, después otro, ¡tear down the wall!, trescientas cincuenta mil gargantas al unísono, retumbaba en toda la ciudad, ¡tear down the wall!, hasta que de repente todos los ladrillos de cartón piedra se desplomaron estrepitosamente sobre el suelo. Fue un momento realmente espectacular y emocionante.

 

No había albergue ni hotel libre esa noche en Berlín, nos habían dicho que la gente dormía en la misma estación central a la que habíamos llegado esa mañana, así que allí habíamos dejado las mochilas, guardadas en las consignas (recuerdo que alcancé la última que quedaba libre al mismo tiempo que un chico suizo, nos quedamos los dos mirándonos a ver quién había llegado primero y decidimos jugárnosla deportivamente a piedra-papel-tijera, él sacó piedra, yo papel, le envolví el puño con la velocidad con la que una serpiente se lanza con la boca abierta sobre su presa, y me apropié de la taquilla para nuestras mochilas). Al llegar a la estación después del concierto vi una de las imágenes que más me impresionó en todo el viaje: el hall estaba absolutamente repleto de gente durmiendo en el suelo, no había espacio para nadie más, eran miles las personas que estaban ahí tiradas. Milagrosamente divisamos un espacio libre junto a los baños y fuimos corriendo pasando por encima de la gente para clavar nuestra bandera en aquel par de metros, Poly y Rafa se acoplaron más rápido que yo y me tocó en el extremo, al lado de un charco sucio, era el último espacio que quedaba en toda la estación. Allí me eché desplegando el saco de dormir, rellenando la funda con camisas y calzoncillos a modo de almohada, me acosté de lado evitando el charco dispuesto a pasar la noche: me sentía orgulloso de estar donde estaba, recordando todo lo que me había sucedido ese día, con la ferviente sensación de que había aprendido algo muy importante.

 

En fin, cosas que me sucedieron con veintiún años… Hoy que se conmemora el treinta aniversario de la caída del muro me sorprende haber vivido, más bien conocido, aunque sea de esa manera, esa parte tan tremenda de la historia.

 

No sabíamos lo libres que éramos. Así que, ¡viva la libertad! (en cualquiera de sus formas), ojalá que no la perdamos nunca.

 

Foto: Peter Fechter asesinado al intentar saltar el muro de Berlín cuando tenía 18 años.

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